6 may. 2013



La buena gente de campo

(El jueves pasado en Ciudad X)


“El miércoles 21 de marzo de 1990, en Tábano, un caserío al oeste de la provincia de Buenos Aires, se produjo el único suicidio en masa del que tenga registro en la historia criminal argentina”.
                Así empieza Me verás volver, de Celso Lunghi, flamante ganadora del último premio Página 12, con un jurado entre los que se cuentan escritores de la talla de Juan Forn, Alan Pauls, María Moreno o Guillermo Saccomanno, entre otros. Y esa primera frase encierra el sistema de muñecas rusas que rige la composición arquitectónica de la novela.
En ésta, como acusaba Onetti a Puig, uno no sabe como es la voz del autor, pero sí la de los personajes, que desarrollan la historia a partir de sus puntos de vista, en sucesivos monólogos interiores y textos ficcionales, como cartas o retazos de libros, y con una información siempre parcial sobre los hechos.
Me verás volver es, sobre todo, una novela policial, pero que subvierte el clásico esquema “crimen – enigma – resolución del enigma” en “crimen – enigma – más enigma”. En cada muñeca rusa hay un nuevo misterio, un hecho desconcertante que engrosa la oscuridad alrededor de los personajes. Es acertado el fallo del jurado que dice que “hacía tiempo que las grandes tradiciones de la literatura argentina no convergían en una trama”, porque esos “niveles” también son géneros en sí mísmos, y cada volantazo de la novela implica un cambio de lectura: desde el policial al terror, desde el documental al fantástico.
Aunque la gran influencia quizás sea la de Stephen King, citado en uno de los epígrafes. Al igual que en las historias de King, ésta se desarrolla en un ámbito rural, y su terror es el de los personajes de esa zona: terror de campo, terror de corazones solitarios y un poco salvajes. Hay un sacerdote malhumorado y corrupto, una niña santa, amas de casa desesperadas y crueles.
También podría haber sido, desde su rigurosidad argumental, una novela de Sergio Aguirre: rápida, esférica, inteligente, maligna. Las piezas encajan una a una precipitando el suspenso y el único detective posible es el lector, que tiene los datos suficientes para resolver el misterio.
La historia gira alrededor de una niña que comienza a recibir mensajes de la Virgen María. Poco a poco congrega a un grupo de personas que se acabará transformando en una secta. Con lentitud, como quien quita capas de ropa, se desvelan los secretos horrorosos de la familia de la niña, su padre, el fantasma inquieto de su madre. Será ella quien, en un momento determinado, le ordene a sus fieles el suicidio a través de la ingestión de cianuro.
Pero esa es sólo una de las capas de la novela, que recubre las relaciones perversas de los habitantes del pueblo. La verdadera oscuridad no es la de lo sobrenatural, sino la de los corazones reales de esa “buena gente de campo” capaz de los peores crímenes.
Con un funcionamiento similar al de la novela de folletín, cada capítulo funciona como una pequeña narración cerrada en sí mísma, que agrega un nuevo detalle horroroso. Y lo hace sin golpes de efecto ni grandes despliegues linguísticos. No hay una sóla frase “poética” o “literaria” en la novela: más bien se trata de captar la simpleza y el minimalismo del lenguaje oral, porque el efecto se da a nivel de la narración.
A pesar de la rapidez con la que se lee (o a causa de eso precisamente), Me verás volver  admite relecturas, y logra dejar la impresión de ligera incomodidad y confusión que causa la vida misma. Novela epistolar, novela documental, novela de chismes de pueblo y de extraños y dolorosos pensamientos, constituye el prometedor debut literario de su autor, de sólo 25 años, lejos de la escritura autobiográfica y generacional contemporánea y más cerca de aquello que Borges le pedía a la literatura: una buena trama.