31 oct. 2012

26 oct. 2012

8 oct. 2012


Estrellas distantes: imaginación y técnica en las cercanías de Córdoba. 
Por Marcelo D. Díaz.





Yo vi el fin de los tiempos
ahí venía dios
el cometa en el ojo de la noche.
Podría haber muerto ahí
y no haber fallado
el resto de la vida.
Corría
por el camino a Tres Lomas
donde mi padre me llevó a ver el cometa Halley
su oscura profecía
de nada eterna.

Tenía seis años
cuando estuve en la noche de mi muerte
y sobreviví

Leticia Ressia.


   La primera pregunta que surge al momento de pensar el género s.f dentro de específicas coordenadas espaciales y temporales es cómo seleccionar textos literarios que puedan ser leídos desde esta matriz. Cómo o sino: por qué estos textos y no otros.  No tengo una respuesta  a mano. En cambio se me aparece la historia del ladrón que contaba mi profesor de teoría literaria en la Universidad: el ladrón muchas veces naturaliza el robo y los actos criminales e interpreta la realidad con sus propias gafas de forma tal que siempre está convencido de que robar es lo más natural del mundo y de que todos los miembros de la sociedad de una u otra manera también somos ladrones.
    Asumo de primeras que la ciencia ficción presenta una serie de convenciones (en cuanto a temas y modos del decir) de lectura y escritura que se repiten a lo largo del tiempo. Y asumo además que existe un campo literario (que no es autónomo  del campo de la literatura argentina contemporánea sino que forma parte del mismo) y que puede ser denominado “cordobés” en cuanto implica un circuito acotado a los márgenes de la provincia, no por una cuestión lingüística, de variaciones y alteraciones de la lengua sino más bien por el surgimiento de autores que ejercitan el género seguido del surgimiento de editoriales que nacen en el corazón de nuestra provincia argentina y en el interior de su geografía.    Pienso que en el camino, a la hora de analizar el problema de la identidad, restan discusiones acerca de si existe una literatura cordobesa. Dos antologías de la década pasada “Es lo que hay” (Editorial Babel.2009) y “Diez bajistas” (EDUVIM. 2009) constituyen un ejemplo de discusiones que atravesaron los últimos 6 años.
   La noción de campo literario implica que hay un juego de fuerzas en el mundo de la literatura como en el mundo de la física. Los autores de los que no se habla hoy puede que mañana sean nombres con mayúsculas para nuestras letras. O, a la inversa, autores conocidos en el presente pueden desaparecer con el paso de los años.  Las posiciones son relativamente estables en la medida de que se transforman de acuerdo a las tensiones y conflictos sobre el capital simbólico o para decirlo en fácil: el prestigio. Lo que sigue a continuación es una aproximación que no pretende agotar las interpretaciones que se realicen porque hablo desde corazonadas como un lector o un fan de la s.f.  Proponer el término de campo implica retomar discusiones acerca de si existen tradiciones literarias, comunidades, identidades que permitan hablar de una literatura cordobesa. Pero esa discusión, si bien es importante,  no será motivo por ahora. 
 Me llama la atención que si se realiza un monitoreo a partir de los últimos diez años de producción literaria en Córdoba aparecen textos que pueden ser leídos desde la s.f. Eso considerando que cada texto genera su propio horizonte de sentidos y que es el lector quién construye interpretaciones desde su propia óptica respetando en lo posible el mapa de ruta de los textos. Se pueden mencionar un conjunto de narraciones que estarían en condiciones de formar parte de un corpus literario de s.f de jóvenes narradores cordobeses: “El testaferro de los marcianos.”(Editorial Llanto del Mudo. 2007) de Fernando Montes de Oca narra los arreglos políticos entre un Municipio de la localidad de Córdoba y extraterrestres para permitir la extracción de recursos de un cerro y la construcción de una ciudad alienígena subterránea. “Hadrones” (Editorial Recovecos.2009) de Diego Vigna: un relato que recupera la activación del acelerador de partículas –conocido como la Máquina de Díos-  y lo transforma en el marco para una historia familiar bastante especial.  En este caso me recuerda la definición de literatura, y de obra de arte, propuesta por Umberto Eco de metáfora epistemológica, es decir, una manera más o menos ambigua de representarnos el modo en que funciona la ciencia y la técnica. Es importante porque el relato “Hadrones” que le da título al conjunto de cuentos me remite, en mi biblioteca personal, a textos como los de Michel Houllebec (Partículas elementales) o Saul Below (Herzog). Si bien no se trata de una narración de s.f en un sentido estricto ya que no hay naves espaciales, ucronías, distopías o robots, la ciencia y la técnica aparecen como telón de fondo. Es discutible su inclusión. Como decía mi profesor de teoría literaria, mediante una paráfrasis de Saer, se habla de X para contar Y.
También este mismo año apareció el libro de relatos “El loro que podía adivinar el futuro.”(Editorial Nudista. 2012) de Luciano Lamberti. Un libro en el que se conservan varios elementos del género como portales dimensionales o criaturas sobrehumanas. El relato “Algunas notas sobre el país de los gigantes”, un relato genial por cierto, me despierta de lleno la lectura de “El gigante ahogado” de Ballard y pienso que bien se podrían abordar juntos en clases y talleres de literatura.  Aparece una tradición border, por atribuirle un nombre, de géneros literarios que remiten no sólo a la s.f sino también al terror o al gore como en “Perfectos accidentes ridículos”, relato con imágenes muy fuertes sumado a la intriga y la tensión de “La canción que cantábamos todos los días”. No sé si se ha practicado mucho la escritura en nuestro país en relación a estas tradiciones apenas si se me ocurren nombres aislados como los de Elvio Gandolfo o Charlie Feiling, el primero más que nada por sus aportes teóricos y el segundo por su novela “El mal menor”.  De ahí también el mérito de los textos, o sea: de reunir en un mismo espacio tradiciones que no han sido muy tenidas en cuenta por nuestra literatura nacional.
 “Cielos de Córdoba” de Federico Falco (Nudista.2011) es una narración que de ser abordada desde la categoría de géneros literarios podría ingresar también en el de relato de aprendizaje o relato de iniciación. La estructura narrativa se resuelve en la vivencia de un padre con su hijo. El padre es  ufólogo. La madre está en el hospital. Lo que aprende el niño, nuestro personaje principal, lo hace entre su despertar sexual y esa inconografía de Science fiction que circula en las sierras de córdoba. En un momento se produce un avistamiento: un ovni se hace presente a la vista de la pequeña familia.
  En el texto se integran saberes de la experiencia personal e interior con representaciones que en los años 70 eran parte de fijaciones de creencias muy fuertes. Por ejemplo: Erich von Däniken publica Recuerdos del futuro y ya circula la idea sobre posibilidad de que somos descendientes de seres extraterrestres. Pablo Cappana le dedica algunos artículos en la revista El Péndulo a estas ideas. De manera casi simultánea aparece el cuento “Fulgor” en el que Falco explora las condiciones o instancias de producción de la escritura misma, con un personaje que escribe desde su experiencia con seres suprasensibles.
En el relato Can Solar (homónimo del conjunto de cuentos de la editorial 17 Grises) Carlos Godoy narra de manera enigmática un avistamiento. Un relato que puede ser leído dentro de los límites de los relatos de iniciación y que activa representaciones sobre el imaginario OVNI en el centro de la ruralidad.
En Internet circulan una serie de narraciones distópicas, en formato de crónica, bajo el nombre de letra muerta. La re-creación de una Córdoba pos-apocalíptica me remite de nuevo a una constelación de temáticas que aparecen en los tiempos que corren como es la recursiva idea del fin del mundo o de la figura del zombie. No es un hecho aislado si se tienen en cuenta las lecturas y los textos de Javier Eduardo Rammaciotti o si tenemos presente también ensayos (a a nivel nacional) como “El mito zombi en el horizonte de los post.humano” de Jazmín Acosta que forman parte de la antología realizada por Fondo de Cultura Económica para todos los pueblos hispanohablantes. El zombie como metáfora de lo monstruosa que puede llegar a ser la ciencia. Junto con la bitácora o cuaderno de lectura de Martín Cristal en su blog http://elpezvolador.wordpress.com/, en la que registra sus lecturas del género de s.f, aparecen ejemplos de cómo se filtra de a poco el género en nuestros márgenes.
Para Daniel Link la Literatura resulta ser un perceptrón, es decir: “una poderosa máquina que procesa percepciones o fabrica perceptos (…) que permitiría analizar el modo en que una sociedad, en un momento determinado, se imagina a sí misma”   La literatura en general y el género s.f en particular construyen representaciones relacionadas con el imaginario de una comunidad específica. Y la proliferación de relatos emparentados me lleva a preguntarme qué es lo que está presente en la imaginación, de manera residual quizá, de algunos escritores de mi generación.
Varios de los textos mencionados bordean los límites del género y lo actualizan a partir del diálogo con otras convenciones de lectura y escritura como es el relato de aprendizaje o el terror o lo que venga. Quería escribir sobre esto, aunque sea brevemente, porque me atravesó la cantidad de producciones que emergieron en simultáneo. Elaboré (o quise elaborar) una suerte de cartografía sobre el género dentro de esa invención que es el campo literario cordobés.
La ciencia ficción es un género que restringe interpretaciones o lecturas desde los límites de la razón y de la técnica, como quería Isaac Asimov, los relatos de s.f con el cuento de hadas de la modernidad. Y vuelvo a lo que decía al comienzo, la historia del ladrón como analogía con respecto al modo en que leemos. Tal vez, y espero que no me suceda con frecuencia, el contacto seguido con el pulp y estas zonas de la literatura me lleven a creer que muchas novedades que se escriben actualmente pueden ser considerada dentro de los límites de la ciencia ficción. Au Revoir.-



5 oct. 2012

in the flesh

Durante un par de meses estuve escribiendo una serie de textos sobre carne y literatura en el blog de eterna cadencia. Acá los dejo por si alguien quiere husmear:

Sobre el cordero de Saer: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24045

Sobre caníbales: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24372

Sobre sexo en la lit. argentina: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24755

Sobre vacas: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/25430

1 oct. 2012


Vuelven los ovnis


 Por Damian Huergo
Desde hace unos pocos años, la literatura argentina experimenta un saludable regreso al género. Vuelven a deambular zombies, a brillar ovnis, a atravesarse portales. Se puede pensar esta etapa como una especie de retromanía, tal como la llama Simon Rynolds. A la vez, en el mismo tono, una mirada sociológica puede achacarla a los años de educación sentimental de las nuevas generaciones, allá en los ‘90, donde el consumo cultural –-desde el arco que va del rock chabón a los Expedientes X– fue un refugio de socialización para los jóvenes hiperescolarizados. Los seis relatos que integran El loro que podía adivinar el futuro, de Luciano Lamberti, deben ser leídos en esa clave. A poco de andar, el lector se cruzará con un oso existencialista, un loro fáustico que se apropia de cuerpos ajenos –similar al diablillo Bob de la serie Twin Peaks– y, entre otros, a un hermano de sangre formateado por fuerzas extraplanetarias.
A la manera de Steven Millhauser, Lamberti logra trocar la extrañeza de los episodios en pasajes familiares, sin pulirles rasgos sorpresivos ni restándole tensión al relato. Sucede tanto cuando su pluma apunta hacia lo siniestro como al acercarse a la ciencia ficción alegórica; como ocurre en el evasivo “La vida es buena bajo el mar”. La escritura en la mayoría de los cuentos es fragmentada, veloz y sugestiva. En “Algunas notas sobre el país de los gigantes”, suerte de adaptación libre de ¿Dónde viven los monstruos? de Maurice Sendak, el tono del narrador, irónicamente enciclopédico, tiene la virtud de transmitir al lector la sensación de ser testigo de la construcción de una leyenda.
En términos de género, la excepción es el cuento que abre el libro, “Perfectos accidentes ridículos”, más próximo al realismo crudo de El asesino de chanchos. La versatilidad de Lamberti para cambiar de estilo y no trastabillar en el intento es elogiable. A la vez su obra, como si fuese una muestra de la literatura emergente, sirve para señalar que no hay estilos hegemónicos; dejando al pensamiento único como un resabio paranoico de la –denominada– “segunda década infame”.
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