5 dic. 2011

25 nov. 2011

24 oct. 2011

23 oct. 2011

Cómo conseguir chicas

(Publicado en el número de septiembre de Ciudad X)

X es un maestro en el arte de la seducción. Un maestro natural. No es especialmente lindo ni especialmente rico. Nunca tomó clases, que yo sepa, nadie le enseñó lo que sabe. Fluye de él como el agua de una montaña. En sus mejores tiempos, se acostaba con tres o cuatro chicas por semana. Tenía proyectos en distintas etapas de desarrollo que le significaban una inversión considerable de tiempo y dinero. En la vida se comportaba como un cazador nato, capaz de abordar a sus presas de las formas más disparatadas. Una vez lo vi en acción: estábamos en un bar y le gustó la moza. Habló unas palabras con ella mientras dejaba la cerveza y el platito de maní, después sacó una libretita y le escribió un poema. Era un tipo que llevaba libretas a todos lados. El poema que le escribió era hermoso, no era un poema de amor, un poema mersa, sino un poema donde había - creo - un elefante. A la salida del bar, tenía el teléfono de la moza y otro proyecto en ciernes.

Hay gente así: los he visto y estoy orgulloso de conocerlos. Viven la seducción como un juego, algo distendido en lo que no se puede perder demasiado. Para los demás, abordar a una chica es el equivalente a pasar una temporada en una sala de tortura japonesa.

Del sitio web de Seducción Secreta (Sección Testimonios).

Llegue al curso cansado de no animarme a acercarme a las mujeres. Necesitaba, o creía que necesitaba, un empujon de alguien con experiencia en el tema para poder hacerlo. Aca encontre eso y mucho mas.

Alejandro, Boedo, Capital Federal, Argentina, 24 años.

Dice Gabriel: Empecé relativamente tarde, a los 27 años. Hice el curso porque me quedé soltero y no tenía una vida rica social rica. Conocía a algunos misónigos que se juntaban a emborracharse y comer asados y hablar mal de las minas. Yo dije: quiero otra cosa. Sentía ansiedad, llegó un momento en que tenía ataques de pánico. Hice dos seminarios, progresé muchísimo en poco tiempo. Como congeniamos, me hice amigo del primer coach de Córdoba. Él después se fue a trabajar a Capital Federal y fundó su propia academia internacional en Berlín y Holanda.

Gabriel tiene 33 años, es cordobés y estudió Letras. Dicta un taller de poesía en el mismo centro cultural que yo. Sabe latín, sabe griego, tiene varios libros inéditos. Dice que Ovidio es uno de los primeros en registrar el arte de la seducción, en el siglo I, en Roma. Que en una de sus máximas afirma: “No te podés levantar a una mina con poemas”, o algo parecido. También es el único coach de seducción y habilidades sociales del país, el representante cordobés de Seducción Secreta, la primera escuela de seducción de la Argentina, fundada en el 2006. Trabaja dando cursos en Córdoba, Mendoza, Rosario, San Luis, Tucuman.

Nos juntamos con Gabriel a tomar un café en el bar de Letras de la ciudad universitaria. Yo lo conocía desde antes, de los pasillos de la facultad, de la cola del supermercado, de compartir un viaje en bondi. Pero ahora que sé que es un maestro de la seducción todo cambia: lo miro de otra forma. Lo veo charlar con unos amigos y pienso que los está seduciendo, que aplica la seducción en cualquier ámbito de su vida, que acabará seduciéndome a mí para que escriba lo que él quiera y no lo que yo vea.

En la seducción yo transformo la vida de las personas. De un día para el otro, ese tipo cambia su vida, dice Gabriel. Mi vida dio un vuelco cuando hice el curso, podría decirse que para mí empezó la vida. Y también: Encarar es el 5 por ciento del proceso de seducción, los hombres no comprenden el proceso. Y también: Yo creo que el 90 por ciento de los hombres tiene problemas para acercarse a las mujeres. Porque nadie te lo enseña, no está en el sistema educativo.

Pero ¿dónde empieza todo esto? En los 90, en Estados Unidos, había maestros en el arte de seducir. Eran secretos y tenían nombres clave como Mistery o Tyler Durden (sí, sí: el personaje del Club de la pelea). Sus cursos eran personalizados, privados, muy costosos. Y se hubieran mantenido así sino fuera por un periodista de la Rolling Stone llamado Neil Strauss, que investigó el tema para escribir un artículo y terminó convirtiéndose él mismo en Style, un MDS (maestro de la seducción). Si alguien lo goglea verá el cambio: de pelado sin onda a flaquito luqueado para el derrape. Su mayor éxito: terminó saliendo con Dalene Kurtis, playmate del año 2002. Si alguien la googlea… en fin.

Strauss escribió un libro fundante donde cuenta su experiencia: El método. Es el primero de una larga lista, que también abarca la publicidad (había hace unos años una campaña de AXE donde un viejo maestro le enseñaba las técnicas a un joven bobo) o películas como Hitch o aquella escena de Magnolia donde el personaje de Tom Cruise repetía take the cunt! ante una multitud enfervorizada. Sumado a la explosión de la web, sin la cual el fenómeno hubiera sido imposible, el viejo arte renovado de la seducción tomó un nuevo impulso. A semejanza de muchas, las escuelas de seducción en Argentina nacieron inspiradas en el libro de Strauss. Seducción Secreta es la primera, con sede en Buenos Aires. Brinda cursos grupales, cursos vía web, salidas didácticas a boliches (donde se abordan chicas con un coach al lado). El objetivo no es, como pudiera pensarse, convertirse en un Don Juan o canalizar una infancia poco feliz, sino ser una persona nueva.

Gabriel dice que los errores más comunes tienen que ver con la inseguridad. Los hombres mienten, son agresivos entre ellos, no saben jugar en equipo, se descalibran socialmente. En una noche de seducción no podés emborracharte: tenés que estar lúcido. Sos vos quien tiene que liderar la interacción, dice Gabriel. Si no la liderás vos la lidera ella, cuyas intenciones son generalmente muy distintas a las tuyas. Gabriel insiste con que muchos de los “métodos” que hay en la web, e incluso en las distintas escuelas de seducción, son basura. Eso es lo que hace el 95 por ciento. Es basura, basura. Es como que yo te diga: acercate a esa mesa y abordá esa mujer. Por más rutinita que vos tengas para ir ahí tenés que estar sólido, tenés que tener la mentalidad y la personalidad para abordar cualquier mujer en cualquier momento. Hay escuelas que trabajan con hipnosis, con persuasión. Para Gabriel el trabajo pasa con cambiar uno mismo. El objetivo es que cada persona tenga control sobre su vida, en el área social y romántica, que tiene que estar en armonía con sus otras áreas. No es sacar un teléfono, el objetivo, no es acostarse con más mujeres. Que deje de ser un problema. Porque destruye tu autoestima, empieza a afectar un trabajo, tus finanzas, tu salud.

Entonces el enano políticamente correcto que llevo dentro le pregunta a Gabriel sino hay un toque de machismo en todo este asunto. ¿No están, a lo mejor, considerando a la mujer como un objeto? “Si bien las dinámicas sociales hacen todo bastante predecible, cada mujer es única y mi visión personal es todo lo contrario al machismo, dice Gabriel. El machismo es sinónimo de miedo. El machista es tiránico, celoso y agresivo con la mujer, vulnera la autoestima y los derechos civiles conquistados de la mujer. ¿Qué tiene que ver eso con el liderazgo, el amor y el romance? Lo que yo enseño está en las antípodas del machismo”.

Una “clínica y campamento de seducción” como las que publicita Gabriel en su sitio (seduccionsocialclub.com.ar) consiste en dos jornadas intensivas de teoría + prácticas, en escenarios sociales reales (incluye free pass a boliches) y sale 280 dólares.

De Tomás Albamonte, en uno de los videos que circula por internet: Estaba en un colectivo que iba repleto y los vidrios estaban empañados. Ví una mujer que me gustó. Me acerqué y dibujé una carita sonriente en el vidrio. La chica se rió y no me acuerdo qué dijo. Después dibujé un tatetí, hice una cruz y le dije: te toca. Empezamos a jugar al tatetí en el vidrio. Hay un alumno que hace todos los días lo mismo, con una libretita, y todos los días consigue algún número de teléfono.

Del sitio web de Seducción Secreta (Sección Testimonios).

Desde q arranque el curso semanal hace 4 meses:

transas: Entre 10 y 15

garches: 2

Mariano, Capital Federal, 26 años, empleado

Así que ¡fuerza perdedores! El camino hacia el éxito es angosto y pedregoso, pero transitable. Yo mismo estoy ahorrando centavo por centavo para inscribirme en el curso (o por lo menos comprarme el libro, o el cd, o lo que sea). Mientras tanto, hago solitarios tatetís en los vidrios empañados del trole, en la madrugada, rumbo al trabajo, y después pienso en cómo estarán desapareciendo, cuando salga el sol y la ciudad despierte.

19 oct. 2011


"Unos días en Córdoba", de Juan Terranova, publicado por editorial Nudista, este jueves a las 19 30 en el España Córdoba.


2 sept. 2011

Me publicaron un cuentito en la revista Las malas juntas.

1 sept. 2011


invitamos a todos a nuestra presentación editorial
y al lanzamiento de CIELOS DE CÓRDOBA
-una exquisita nouvelle de Federico Falco-
en el marco de la FERIA DEL LIBRO DE CÓRDOBA

La cita es el sábado 3 de septiembre a hs 19.30
en el PATIO MAYOR DEL CABILDO – Independencia 30 – Cba.


* Participarán los autores Fabio Martinez, Pablo Natale, Martín Maigua, Juan Cruz Sánchez, Lucas Moreno y Federico Falco.
* Habrá música, videos, lecturas y talk-show de escritores.
* Con la exclusiva conducción de CJ Carballo.

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y acá el prólogo que escribí para el libro:

Advertencia: Este es un libro peligroso.

No es un libro para regalar en el día del padre, o en las bodas de plata de los abuelos. No es un libro para el bondi. Si alguien lo lee en el bondi, apuesto mi colección de insectos disecados a que después de un par de páginas va a sentirse incómodo, a moverse en el asiento y a mirar alrededor con un aire de culpa secreta para comprobar que nadie esté espiando sobre su hombro.

Y a la vez, aunque parezca una contradicción, es un libro tierno, lleno de luz, de momentos de placer visual, de pacíficas tardes de campo, de escenas poéticas.

Y puede ser las dos cosas porque es un libro sobre la infancia, el lugar donde conviven la belleza y el espanto. Un libro sobre cómo crecemos, o sobre cómo empezamos a sospechar que algo mal con el mundo. Es decir: como pasamos de la inocencia a la experiencia, o del bien al mal. Mucho se escribió sobre el tema (mis favoritos: “La isla del tesoro”, de Stevenson, “El señor de las moscas” de Golding) pero ninguno de esos libros es como este.

Primero porque es un libro argentino, en el sentido Isabel Sarli de la palabra. Groncho, mersa, peronista, argentino. Uno se ríe leyendo, incluso cuando la situación es dramática o patética o triste o graciosa y triste a la vez (la mayoría).

Segundo porque es un libro donde la sexualidad, el despertar de la sexualidad, está narrado sin moralina ni escándalos, con la misma naturalidad con la que se narra la preparación de una comida.

Y tercero, but not least, a diferencia de las clásicas historias de iniciación, ésta no brinda ninguna puerta de escape, ningún sentido posible del que sostenerse, ninguna enseñanza, nada. No hay un “Ese día aprendí…”.

Al final de un capítulo de Los Simpsons, Lisa pregunta qué sentido tienen las aventuras que acaban de tener. “A lo mejor son sólo cosas que pasaron”, le responde Homero. A lo mejor, decimos al final del libro, son sólo cosas que pasaron.

Pero también son cosas que dejan, con una precisión quirúrgica, marcas en el cuerpo, cicatrices. Las cicatrices de la infancia - o del abandono de la infancia - son las que más duran. Son sólo cosas que pasaron, pero no vamos a olvidarlas.

Al terminar, cada uno tendrá su escena preferida. La mía está entre el camino secreto del protagonista para ir al colegio (la idea misma de un camino secreto trazado por el hábito de un niño me pone la piel de gallina), las tardes en el río y la red de cañerías en el techo del hospital.

Pero como dije, es un libro peligroso, así que a leerlo con guantes y antiparras.

17 ago. 2011

la Mamá enferma que vende café y facturas en la vereda de un hospital, el Hermano que caga a trompadas a un compañerito hasta romperle el cráneo, el Papá que reparte zapatillas truchas en un Duna, la Mujer estéril que tenía un mono del monte chaqueño que se achicharró en los cables de luz, la Amiga que fabrica ropa para animales fuma porro y lee a Galeano y De Benedetti, el Guardabarreras que se emborracha y se olvida de bajar las barreras, el Asesino de Chanchos que prepara salamines con miembros humanos, el Hermano mayor que le hace los mandados a las viejitas del barrio para comprar tetrabricks con las moneditas del vuelto, el Vecino del almacén que le explotó un sifón y le voló media cara, el Soltero que se emborracha en la cena donde le están presentando a una candidata, Chuck Norris matando vietnamitas a lo pavote, la Novia que se va con el militante del PO, el Hermano que construye un quincho, la Mujer que trabaja con mujeres golpeadas, el Antropólogo que practicó la anoterapia, la Pareja de vacaciones como perro y gato, la Amiga de la mano gorda de investigadora universitaria, Él, que les prepara un desayuno de campo, el Criador de Truchas que también fue guardabarreras y se quedó dormido, el Obrero piromaniaco del frigorífico extasiado por el ritmo de las cosas, las Nenas de piel dorada y olor a bronceador, la Viuda que se gasta la plata de la pensión en excursiones de jubilados, la Loca de la historia de las salchichas parrilleras que se prendió fuego, el Hombre de los seis dedos, el Hijo de los seis dedos, el Bisnieto del cazador de puntería infalible, el Sordomudo por un rayo, la Marta Minujín de Toro Seco, el Desconocido de la cara deforme que provoca orgasmos chupando el dedo, el Bombero que vio el cadáver calcinado de la Loca abrir los ojos, el Hijo que descubre la doble vida del padre muerto (y Bombero), el Hermanastro fumigador o el Doctor Muerte, La Reina de la Batata que sostiene los pitos de los Hermanastros mientras piyan, el Ex-Novio de la secundaria que no se resigna, el Líder del internado que se los coge a todos, el Levantador de Quiniela que tenía una tortuga que creció dos metros, el Amigo que se lastima la retina con un maní, los Amigos que vieron un ovni, el Dueño del bar que se rasca las pelotas todo el día, la Chica Muy Puta que tenía el clítoris parecido a un bicho, el Albañil que salva a un perro, el Encargado que ahoga perros, la Abuela que se enfermó de los huesos por el rocío, el Nieto de la cicatriz en la cabeza donde le impusieron la mano, el Sanador que dice lo que no puede decírsele a nadie.

25 jul. 2011

Perfectos accidentes ridículos

1. Máquina moledora


Tenía cinco años cuando Apá me dijo:

- Esta noche andá a dormir temprano que mañana te voy a llevar a la carnicería.
La carnicería quedaba en barrio Sarmiento, el último barrio de San Francisco antes de la frontera entre Córdoba y Santa Fe. Era un salón amplio, que Apá le alquilaba a los abuelos, con el mostrador de azulejos color crema, una barra de acero inoxidable para colgar los ganchos y la pared que estaba al lado de la caja cubierta de fotos, debidamente enmarcadas y con un vidrio. En la mayor parte aparecía un caballo, un caballo marrón de crines rasuradas que se llamaba Fotón, y al lado Apá, con pantalones oxford, patillas crecidas y un Marlboro entre los dedos. Había puesto gran parte de los ahorros familiares en la compra y el cuidado de ese caballo. Así que lo iba a ver todos los fines de semana y algunas veces yo lo acompañaba hasta los establos del hipódromo. El establo estaba oscuro y había olor a bosta y a alfalfa. Fotón bajaba la cabeza para que yo le acariciara el cuello y mi viejo se quedaba hablando con Ramón acerca de las dosis de alimento y el alquiler del establo. Después me enteré de que el caballo nunca sirvió para nada, o sirvió por unos meses, y que mi viejo lo terminó vendiendo a un precio ridículo.

Mientras esperaban su turno, los clientes de la carnicería se acercaban a las fotos con las manos detrás de la espalda, y decían: "Buen caballo, ¿eh?".

Amá negaba silenciosamente con la cabeza.

Amá era la encargada de atender el mostrador, porque era simpática y se podía pasar horas oyendo los monólogos de las viejas del barrio. Apá, el abuelo y mi hermano hacían, en la otra pieza, chorizos, salchichas, milanesas, hamburguesas, albóndigas. Había una máquina con tracción a sangre para los chorizos, y una igualmente mecánica para aplastar las hamburguesas, que Apá había traído cuando vinieron del campo. Pero la máquina moledora era eléctrica. Parecía un animal esmaltado. En la parte superior tenía una fuente de acero inoxidable, con una boca oscura en el medio, y en una de las caras un surtidor del que la carne salía en chorros largos como fideos. Cuando la prendías, la boca oscura empezaba a rugir.

Esa mañana aprendí a moler carne. Era un trabajo fácil pero tenía que estar atento. Un montón de carniceros habían perdido dedos y hasta la mano entera de esa forma. Un descuido, el taco que patina en el borde grasiento y la sangre que salta por el surtidor es la tuya. En mi primer día de trabajo, papá me llevó a conocer a un empleado joven al que la semana anterior la máquina le había comido tres dedos. Se llamaba Ricardo Demarchi, y años después pondría una cadena de supermercados en un montón de pueblos del interior, se llenaría de plata y para el cumpleaños de quince de su hija haría una fiesta realmente increíble. Una de las fotos de la fiesta lo mostraría sosteniendo con una mano de dos dedos la mano de su hija en el vals. Pero en ese momento era un cadete de veinte años con un cabestrillo atado al cuello.

- Mostrale - dijo Apá cuando lo conocí.

Tuvo que insistir varias veces, porque Demarchi no quería. Al final lo convenció.

- Esto es lo que te va a pasar si no tenés cuidado - dijo Apá, en su gran y única lección de vida.

Fabián se levantó la venda y me mostró las heridas frescas de la máquina moledora.


2. Accidentes


Me caí de las tribunas del Sportivo Belgrano, me quedé encerrado en una de las heladeras de la carnicería, me clavé un clavo entero en la planta del pie, me corté la yema del dedo anular con el tejido de una cancha de paddle (cinco puntos), me corté la pera al resbalar en la pileta del club (tres puntos), me quebré un brazo al tirarme del techo con un paraguas abierto, fui atacado por abejas a las que le habíamos golpeado el panal con una bosta de vaca, el mantonegro del vecino de enfrente me mordió una mano, me clavé un cuchillo en el muslo mientras corría. Etcétera. Creo que sobreviví de milagro, y entonces me senté, cansado de tantos accidentes, y escribí una novela. Tenía once años. La novela se llamaba "La isla desierta", y hablaba de una familia que queda varada en una isla, una reescritura más o menos literal del argumento de "La familia Robinson", de la colección Robin Hood, que acababa de leer. Volví a escribir la historia en un cuaderno Gloria de 24 páginas. En mi versión, la falta de alimentos y de agua (era una isla "difícil") llevaba a la familia al canibalismo. Pero uno de los hermanos (Patrick, el "hermano bueno") se retiraba a vivir solo en el lado oriental de la isla, y se autocomía para no tener que dañar a los demás. Cuando terminé de escribirla, metí el cuaderno en una botella, sellé la tapa y la enterré a medio metro de profundidad en el patio de casa. Al día siguiente, fuimos a una fiesta. No recuerdo cuál: puede que sea un casamiento, una fiesta de 15, la cena de fin de año del Club San Isidro. Me acuerdo que estábamos todos recién bañados y bien vestidos y que en el auto había una mezcla de olores: olor a loción para después de afeitarse, olor a rímmel, a desodorante, a chicle de sandía, a cigarrillo. Amá se había puesto un par de aritos que le regalamos para el día de la madre y un vestido ligero de verano que le quedaba hermoso. Yo iba atrás, con mi hermano, y me había asomado entre los asientos de Apá y Amá para mirar al frente. Íbamos rápido. Por alguna razón, seguramente la demora de Amá en bañarse y maquillarse y vestirse, estábamos llegando tarde, así que Apá, que odia llegar tarde a cualquier lado, se puso de bastante malhumor y aceleraba todo el tiempo. Cerca de la estación de trenes una moto nos salió al cruce, y Apá tuvo que dar un volantazo hacia la derecha para no chocar. Amá se puso a gritar y el auto perdió el control y terminó incrustado contra un poste. Yo, que estaba en el medio, salí disparado hacia adelante y atravesé el parabrisas.



3. Puericultura


Cuando cumplí los doce, sentado en el taller de carpintería de mi abuelo, y con una revista Shock entre las piernas, una revista que mi hermano escondía en un lugar ultrasecreto (la caja metálica de galletitas Terrabusi) eyaculé por primera vez sobre el cemento, tres o cuatro gotas líquidas. Una semana después empezaron los ruidos. Venían del comedor. No eran ruidos inquietantes: eran los sonidos de alguien que se desveló y se le ocurre la idea de revisar los cajones a ver si encuentra algo. A cierta hora de la noche se oían las copas de cristal que les habían regalados a mis Apás para el casamiento, y nunca se usaron, temblar y entrechocarse en uno de los compartimientos del modular. El comedor de casa tenía un pasillo que daba a las piezas: la de "los chicos", donde dormíamos mi hermano y yo, luego el baño, y al fondo la de mis Apás. Una vez, mi hermano se había quedado solo en casa mirando tele cuando vio de refilón que alguien pasaba por la pieza del fondo. Pensó que había visto mal y dejó de prestarle atención, pero al rato oyó que la puerta del ropero se abría y golpeaba despacio contra la pared. Entonces se asustó. Llamó a la policía, vinieron con las sirenas prendidas, anduvieron por las piezas y por el techo y por el patio, pensando que era un ladrón o un degenerado, pero no encontraron nada. Con la teoría de que había fantasmas o de que alguien nos había hecho un daño, Amá llamó al cura de la Perpetuo Socorro. El cura era simpático y tenía el cuerpo en forma de pera. Tiró agua bendita en las habitaciones, leyó unas palabras de un libro negro y se quedó a cenar.

Pero los ruidos seguían como si nada. Apá iba a ver, en calzoncillos y con la escopeta de dos caños. Apenas entraba al comedor, los ruidos enmudecían de golpe. Apá se quedaba un rato quieto, después suspiraba y apagaba la luz y se iba a dormir, pero hacía dos pasos y volvían los ruidos. Andábamos los tres como sonámbulos todo el día. Apá estuvo a punto de cortarse el pulgar con la sierra giratoria.

Entonces Amá se subió a la bicicleta y se fue hasta lo de Ricardo Acosta, en barrio La Milka. Acosta era un parapsicólogo, yogui, maestro de control mental, camarógrafo (había puesto una empresa para filmar cumpleaños de quince, casamientos, partidos de baby fútbol y esas cosas), militante del peronismo y secretario de Ruckauf en San Francisco. Vino esa misma siesta, en pantalones cortos y ojotas. Apenas entró en la cocina, extendió las manos y suspiró como diciendo: Esto va a estar difícil. Después estuvo estuvo midiendo la energía de las habitaciones. Cuando se sentó en el comedor, todos estábamos expectantes.

Acosta me miró y dijo: "El problema es este chico".

Apá dijo que sí, como si lo hubiera sabido desde siempre. Amá le pidió explicaciones.

"Este chico sufre de una rara variedad de la telekinesis, o sea: de la capacidad de mover objetos con la mente", dijo Acosta. "Telekinesis inconsciente. No se da cuenta cuando los mueve. Lo mueve en sueños, o los mueve un deseo no confesado. A veces se llega incluso a materializar una forma ectoplasmática como la que vio su hermanito. La mayor parte de las llamadas casas embrujadas son casos de telekinesis inconsciente. Y pasa mucho, sobre todo en la pubertad. ¿Este chico ya eyaculó?".

Sentí las miradas de todos sobre mí.

Hice que sí con la cabeza.

"Muy bien. Es buena señal. Entonces se te va a ir yendo con el tiempo, no te preocupes", dijo Acosta.

Amá cambió la dieta regular (bifes con ensalada de tomates) por arroz y fruta, y Apá me obligó a tomar un laxante extremadamente poderoso. En el transcurso de ese mes los ruidos se espaciaron y luego desaparecieron. Además, como sabían que los provocaba yo, cada vez que se oían los ruidos me gritaban que me callara de una vez, como si estuviera roncando.

Una tarde, colgué una cuchara de un hilo, me concentré, intenté moverla. Nada.

Ahora casi no tengo el don, o lo tengo cuando nadie mira, que es como no tenerlo.



4. Un pie descalzo

El Pitufo era mi héroe. Cuando nosotros nos achispábamos con licor de mandarina, él podía bajarse una botella de ginebra en una sóla noche de conversación. A los catorce se metió a un asilo de ancianos con un amigo y se robaron la provisión enteras de tranquilizantes y pastillas para dormir y para el corazón de todos los viejos. Pitufo fue el primero en todo y llegó alto y ahí se quedó. Brillando en la altura. Yo lo conocí de chico porque su papá era almacenero y le vendía al mío el pan rallado para las milanesas. También fuimos juntos a los scouts. Al mes de estar en el grupo, el Pitufo incendió un bosquecito a la salida de San Francisco donde habíamos ido a acampar, y lo terminaron echando. Su teoría era que lo habían echado porque sabía cosas. Como que el jefe de la tropa se cepillaba a la jefa de la manada, o de que uno de los Rovers era un enfermero gay. Después anduve un tiempo con él, pero cada vez que salíamos terminaba con la nariz rota o durmiendo en la comisaría y al final no nos veíamos tanto. Cuando mi generación se dispersó, algunos a Santa Fé, otros a Córdoba, otros a Buenos Aires, un par a Villa María, todos pensando en que este país nos iba permitir triunfar, destacarnos, hacernos un lugar mediante el tesón y toda la parafernalia del Sueño Argentino, el Pitufo, que había conseguido trabajo en una estación de servicio, se quedó. Un par de años después lo echaron del trabajo porque iba fumado y le vendía porro a los pendejos.

En ese tiempo le perdí el rastro, aunque cada vez que me encontraba con un amigo hablábamos de él y su figura crecía con las distintas versiones y las historias inventadas: que fue manager de una banda de blues que se llamaba La Pentatónica y cuyo hit más conocido era el cover "Satisface a Sussie", que fue mecánico, que tuvo un videoclub (y le duró tres meses), que filmó una película experimental, que tuvo un programa en la radio de los evangelistas, que trabajó para los evangelistas en una gira nacional, que tocó la guitarra en una banda evangelista, que arregló computadoras y radios y televisores, que robó doscientos pesos en una estación de servicio, que tuvo una hija.

Hace unos años volví de Córdoba y me lo encontré en la calle. Amá me había dicho: "Está destrozado por la droga, ya pasó por dos clínicas de rehabilitación y ahora lo único que hace es sentarse en la plaza y juntar palitos y llevárselos a la casa". Pensé que estaba exagerando pero cuando me lo encontré volvía de la plaza con las manos llenas de palitos. Lo saludé, me miró un segundo con los ojos apagados y luego me reconoció. Me dijo que estaba recuperándose, que estaba "saliendo", que pensaba estudiar computación en la UTN. Me dio la impresión de esos reclusos que se pasan años en una pieza a oscuras, o con una mínima iluminación, una ventanita en lo alto por la que entra, a las seis de la mañana, un rayo de sol, y que después de cierto lapso en la soledad y el silencio absolutos comprenden algo sobre sí mismos que no los abandona en los que les resta de vida. Al año siguiente me enteré de que se pegó un tiro con la escopeta del padre. Como no llegaba con las manos, tuvo que descalzarse un pie, sacarse la media y apretar el gatillo con el dedo gordo. Y así lo encontraron: frente al televisor prendido, con un pie descalzo.



5. Gigantes dormidos sobre la tierra

El pitufo me dijo alguna vez que todo lo que podía pasarnos era un perfecto accidente ridículo. Todo. A lo mejor por eso nunca quiso terminar nada, nunca se afianzó en ningún lugar, nunca se comprometió. A veces sueño con él. En el sueño son las seis o siete de la tarde y viene caminando por la vereda de la plaza donde me lo encontré, se acerca desde muy lejos como si me hubiera reconocido y tuviera ganas de verme, pero también como si no estuviera en absoluto apurado, como si tuviera todo el tiempo del mundo para recorrer la distancia que nos separa, y cuando estamos frente a frente saca del bolsillo los palitos, me regala un puñado y me dice: "Luciano, estos palitos son para que hagas un hormiguero. No los sueltes por nada del mundo". Y cada vez que me pasa algo terrible, me acuerdo de los palitos del Pitufo y siento que son lo único que me mantiene unido al mundo. El otro día por ejemplo estaba en karate haciendo kumite con un compañero. El kumite es el combate libre. Se pelea por tres minutos y el que hace más puntos gana. Yo soy (o era) muy bueno con las piernas, y las usaba mucho. Cuando faltaban cinco minutos para que termine la clase le tiré una patada que se llama "mae geri" y en la que todo el peso del cuerpo descansa en una pierna, y la rótula de esa pierna se me salió de lugar. Se corrió hacia afuera, sencillamente. Caí de espaldas y cerré los ojos y mientras la gente se acumulaba a mi alrededor y el profesor me acomodaba la rótula, me salí del tiempo, me imaginé que el Pitufo venía a darme su puñado de palitos, a decirme que todo iba a estar bien aunque estuviera sufriendo el dolor más impresionante de mi vida.

Bueno, una última cosa. En el ochenta y siete u ochenta y ocho, un tornado pasó por San Francisco. Fue una tarde de mucho calor y a eso de las cinco el aire se oscureció. Yo tenía siete años y estábamos solos con mi hermano, viendo televisión. De pronto se cortó la luz y casi enseguida oímos el viento y la puerta del garaje que se cerró de golpe. Mi hermano corrió a descolgar la ropa y yo salí al patio y vi que el cielo estaba tan pesado que daba la impresión de que se podía tocar. Se oyó un trueno. Alguien, en algún patio, festejó con un grito. Con mi hermano cerramos las persianas, que eran de plástico barato, y buscamos velas. Prendimos una en el comedor y nos sentamos uno frente al otro como espiritistas mirando la llama. Se oyó un trueno, muy cerca, y el viento aullando en los árboles. En ese preciso momento, aunque no lo supe hasta el día después, las chapas de zinc del techo de un vecino salieron disparadas por el cielo, dieron un par de vueltas y cayeron en otro patio. Una de las chapas decapitó a un perro que estaba atado a una soga ladrándole a la tormenta. A un par de cuadras, un árbol se desplomó sobre un auto. La cruz que la iglesia tenía en la punta salió disparada y rompió el parabrisas de otro auto que por suerte estaba vacío. Uno de los vidrios de la estación de servicio estalló y los empleados, tipos duros que tomaban cocaína para trabajar toda la noche, dieron un grito y se tiraron detrás del mostrador. Dos de los viejos eucaliptus de la canchita de fútbol se derrumbaron con un bramido y un temblor sobre la tierra.

Después empezó el granizo. Piedras grandes, sin lluvia. Se lo oía repiquetear en los techos y las paredes como si el mundo se estuviera derrumbando. Un gringo que justo estaba cruzando el campo con sus perros se tiró a la tierra y sobrevivió porque los perros se le echaron encima para protegerlo. Cuando terminó todo sus perros estaban muertos y el gringo los llevó en brazos hasta su casa, los enterró en el patio y les pagó una lápida a cada uno con su nombre: Armando y Ganzúa. Una madre de dos hijos que siempre compraba en la carnicería estaba volviendo a su casa en bicicleta y una piedra la desnucó. Después empezó a llover. Llovieron doscientos milímetros. Los desagues se taparon con las piedras y en los barrios bajos el agua entró en las casas, agua helada y llena de barro.

Al fin, después de dos horas, la lluvia paró. Incluso salió el sol.

Con mi hermano nos pusimos una campera, porque había refrescado, y salimos. Las calles estaban cubiertas de piedras blancas, como si fuera nieve, y el barrio parecía más grande, más despojado. A dos casas, había una antena de televisor con los caños doblados tirada en el piso. En la esquina, los chicos ya estaban tirándose con las piedras.

La municipalidad tuvo mucho trabajo en los días siguientes. Había barrios enteros sin luz ni agua, gente que tuvo que ser evacuada y dormir en la cancha de básquet del Club El Ceibo, árboles arrancados de cuajo obstruyendo la calles. Quince días después, un grupo de obreros bajó de un camión en la canchita de fútbol. Los eucaliptus todavía estaban ahí, uno al lado del otro, como gigantes dormidos sobre la tierra. Árboles que tenían más de cien años. Los obreros los cortaron con una motosierra y tiraron los trozos al interior del camión. Tardaron varias horas en terminar. Después se comieron un asado y se fueron. Por mucho tiempo quedó una depresión en el lugar donde habían estado los árboles, algo que hacía difícil el juego, pero después la marca se fue borrando y hoy ya nadie se acuerda de nada.


Publicado en "Hablar de mí" (Lengua de Trapo, España, antología de narrativa autobiográfica a cargo de Juan Terranova).

14 jun. 2011

Plan de sábado


Antes de perder la consciencia, vení a escuchar a 3 poetas 3 (Rocío Paulizzi, Francisco Bittar - recién llegado de las cerveceras tierras santafesinas y - no quedaba otra - quien les habla) + la música exquisita de Bosques de groelandia y Capitán iluso. Todo regado con vino y el amor de siempre. Organiza: Editorial nudista (abra camino Maigua!).


1 jun. 2011

11 may. 2011

5 may. 2011

una reseña maravillosa de Francisco Bitar


todo al precio del nuevo número de la no-retornable

agregalo a favoritos cabeza de alcaucil!

2 may. 2011

El desierto y su resina - por Carlos Godoy


Literatura cordobesa contemporánea. Recientemente tres escritores venidos del mismo lugar fueron recibidos por la crítica como los abanderados del “escribir bien”. Desde entonces todos se preguntan: ¿Qué mierda pasa en Córdoba? Trataremos de develar el misterio.

Ayer

La fiesta Kirchnerista

El año 2006 fue un año especial para la literatura argentina. No porque se haya publicado algún libro en especial, ni porque la crítica literaria diga que este año tenga alguna particularidad hilarante dentro del campo. Lo que pasó en el 2006 fue que se consolidó el mundo Blogger como espacio de producción, intercambio y ante todo de legitimidad. Si bien desde principios de la década pasada muchos escritores ya tenían un blog personal a modo de bitácora, herramienta de discusión o difusión de obra; este año es en el que todo tipo de gente vinculada a las letras le asigna un uso masivo y técnicamente literario. Como grupo social se hacen llamar “Bloggers” y forman parte de una comunidad urbana que se junta en fiestas, lecturas, asados, para beber y discutir temas trascendentales para la teoría de la red, el open source y el futuro de la literatura y el libro a partir de la revolución tecnológica. Práctica nada distante a la de los Floggers en el Abasto. El resultado de este movimiento es la tremenda cantidad de publicaciones independientes o corporativas, de textos escritos en primera persona que suponen la revelación de un mundo interior personal como gesto novedoso, profundo y político.

Bien. Este es el marco del que voy a partir para tratar de entender a los escritores Luciano Lamberti, Federico Falco y Carlos Busqued, como los propagadores de ese calificativo tan significativo para personas como su servidor: lo cordobés.

El eco

La vanguardia cultural y artística cordobesa es un eco tardío de lo que sucede en Capital Federal. Por eso cuando en el 2006 el blog estaba en la cresta de la ola a Córdoba recién llegaba. Y a demás como un subproducto digerido.

En ese momento lo que se podría llamar campo literario de la joven literatura cordobesa estaba más o menos conformado del siguiente modo. Se podían ver claramente tres grupos, con los matices correspondientes en el interior de cada uno. El primer grupo corresponde a los académicos. Escritores que tenían cargos universitarios y escribían de vez en cuando alguna reseñita en el, ahora muerto, suplemento de cultura del diario La Voz del Interior. Acá encontramos a escritores que se ubicaban bajo el ala de Oscar del Barco y que creen que la literatura para ser literatura debe ser algo difícil de escribir, difícil de entender y difícil de venderse. Algunos dentro de este grupo pueden ser Silvio Mattoni, Carlos Schilling y Hernán Arias, entre otros.

El segundo grupo es el de los que formaban (y forman) parte de este diario como periodistas estables. Y que eran los más visibles y por lo tanto los que tenían más presencia como fomentadores de lecturas y como generadores de contenido. En este sentido, eran los candidatos fuertes a futuros grandes escritores representantes de la ciudad del cuarteto en los sellos multinacionales. Estoy hablando de Emanuel Rodríguez o Flavio Lo Presti, obvio, entre otros.

Y en último lugar el grupo de los escritores nucleados en la editorial La creciente dirigida por Luciano Lamberti y Alejandra Baldovín que eran tildados, ya en ese momento, de “porteños” porque planteaban una estética definida hacia la literatura producida en Capital Federal durante la década de los noventa, tanto desde la narrativa como de la poesía. De este grupo se puede nombrar a Luciano Lamberti y a Federico Falco.

Dentro del esquema había algunas excepciones como Busqued que escribía desde la oscuridad de su blog y repartía en lecturas y muestras un fanzine llamado La gentileza del Kursk o como Playo que hacia una revista, llevaba un blog y publicaba unos cuentos polémicos (por no decir pedorrísimos) para los jóvenes católicos cordobeses que año tras año lo convertían en el libro más vendido de la feria del libro local. O como Sergio Gaiteri que, vinculado a un sector periférico de la universidad (porque él también estudió letras), iba generando una obra no muy visible. También, me veo en la obligación de nombrar a algunos sectores que agitaban libros como la editorial Llanto de Mudo de Diego Cortés o los pibes de Pan comido y pará de contar.

Bien, este es el panorama del año 2006 cuando todos estos sectores se inician, de forma masiva, al consumo, intercambio y producción de contenido para la blogósfera. Vuelvo a repetir, algunos tienen blogs desde un par de años antes y otros al día de hoy no saben lo que significa. Pero a partir este gesto viral e interactivo surge la primera interacción fuerte entre la literatura joven porteña y la literatura joven cordobesa. Los escritores Juan Terranova y Pedro Mairal, ambos compañeros de Federico Falco y Hernán Arias en La Joven Guardia, empezaron a seguir y a leer algunos blogs cordobeses y así fue como se estableció un vínculo que decantó en un Match Interprovincial entre Capital Federal y Córdoba Capital con tres fechas en el que el seleccionado de Córdoba se impuso cómodamente ante el porteño.

Este mapeo general de las zonas en las que operaban algunos focos de la literatura emergente cordobesa, previsiblemente, tuvo su continuidad. Al día de hoy podemos analizar el resultado de la directriz de su desplazamiento. A excepción del grupo de los periodistas que formaban parte del staff del suplemento cultural del diario local que curiosamente no produjeron obra.

Hoy

Con el sacudón que Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued (Anagrama 2009), generó en el campo literario porteño, llegaron dos libros más La hora de los monos de Federico Falco (Emece 2010) y El asesino de Chanchos de Luciano Lamberti (Tamarisco 2010) que desviaron la atención hacia la literatura que se está escribiendo en la Ciudad de Córdoba.

Lo siguiente es una lista, una enumeración, de los escritores cordobeses que en la actualidad tienen una producción resistente que les permite situarse entre los más destacados de las letras cordobesas.

Radio

El 2008 salió en un par de diarios que un argentino, llamado Carlos Busqued, estaba entre los diez finalistas del prestigioso Premio Herralde. Como nadie lo conocía, en las fiestas bloggers (que para entonces estaban mutando como tribu en freelancers) nadie hablaba del tema. Y meses más tarde cuando llegó la edición argentina a las librerías de Palermo todos fueron a comprarlo con el seño fruncido de la duda, que se terminó de disipar, no con la lectura de la novela, sino cuando la crítica en los suplementos culturales fue unánimemente favorable.

Busqued fue durante quince años estudiante crónico de la UTN de Córdoba antes de ser ingeniero metalúrgico. Quizás ese vínculo prematuro es el que hoy lo mantiene unido a esa institución. Allí fue director de la Radio UTN durante la última mitad de la década del noventa, y podría decirse que por esa formación es más hombre de radio que ingeniero e incluso que escritor. Hizo una incursión por la carrera de letras cuando pesaba unos 80 kilos más que ahora y algunos estudiantes que lo vieron por los pasillos de Casa verde, dicen que usaba una gorra negra que tenía la leyenda: El suicidio es una opción.

Fue un lector voraz de comics undergound americanos, documentales, asesinos en serie, pornografía, sectas suicidas, extraterrestres y fundamentalmente la colección Anagrama. Ahora solo mira tv y navega en la red. Tiene un solo libro publicado que hace un tiempo me mandó por mail para que le diera mi opinión. Inmediatamente después me mandó otro mail diciéndome que no lo leyera bajo ningún punto de vista. Y después, un día, me pasó un original impreso y me dijo que iba a probar mandarlo al premio Herralde. Y que como no le daban las páginas para el mínimo reglamentado agrandó el interlineado y los márgenes. Ni bien terminé de leerla le mandé un mail y le dije que se la vendía. Que le hacía de agente. Trataba de colocarla en alguna editorial y me quedaba con un 15, 20 por ciento. Mi pensamiento fue el siguiente: el editor que lee esto y no la quiere publicar es el rey de los boludos. Y bueno, hubo varios, pero claro que no los voy a nombrar.

Para algunos editores de prestigio como Damián Ríos, Bajo este sol tremendo, una novela que narra en clave apocalíptica el viaje iniciático de un outsider desde Córdoba a Lapachito, vuelve insignificantes los últimos diez años de producción narrativa nacional.

El anfitrión

Dudo que algún escritor cordobés no haya ido alguna vez a cenar a casa de Falco. Yo, por mi parte, abusé de ese beneficio. Dudo mucho, también, que algún escritor no le haya pedido prestado un libro, beneficio del que también me aproveché.

Falco, a diferencia de Busqued, no apareció de la nada. Porque pese a sus 33 años, ya tiene una trayectoria como escritor. Creo que es la única persona que conozco que le gusta ser escritor. Y de hecho ahora esta viviendo en New York haciendo una maestría en escritura creativa. Fogwill me dijo una vez que íbamos en su auto a comprar unos libros escolares para sus hijos: “¿Qué le pasa? Se cree que es escritor ¿No?” Falco es un escritor serio, potente. Con una prosa muy refinada y legible. Desde que fue convocado por Maximiliano Tomas para La joven guardia, la primera de una larga serie de antologías de narradores emergentes, y la escena porteña lo descubrió, no ha dejado de maravillarse con su prosa y con su presencia. Es como una eminencia. Cuando entra a un lugar se siente un refrescante aroma a pino.

Su primer libro fue 222 patitos (La creciente 2004) y su segundo 00(Alción 2004). El primero es un libro de cuentos con oscuridad adolescente escrito para los amigos durante unas vacaciones, el segundo es un libro escrito, corregido, analizado y trabajado para la crítica durante más tiempo que unas vacaciones. La densidad entre uno y otro es bien distinta. En ambos la cosmovisión es pueblerina. Historias de la pampa, aventuras de niños, un muchacho de pueblo en la ciudad. Su servidor, si tiene que elegir entre los dos, se queda con el primero. Su tercer libro apareció el año pasado La hora de los monos (Emece 2010) donde leemos un Falco cosmopolita que se aleja un poco del relato regionalista e indaga otros espacios mas urbano-burgueses y escribe cuentos cercanos a la perfección.

El hijo del carnicero

Luciano Lamberti nació en San Francisco, al Sur de la provincia de Córdoba en el seno de una familia clasemediera, pero de pueblo. Eso implica una fuerte moral religiosa, afición a la caza con perdigón. Fue boy scout y cantó canciones en misa con su guitarra. Su padre es el Juanchi, el carnicero del pueblo. Cuando terminó la secundaria viajó a Córdoba Capital para ser durante un poco más de diez años estudiante crónico de letras.

En el año 2003 fundó la editorial La Creciente que, como todas las editoriales independientes, publicó a jóvenes o desconocidos o outsiders que no consiguen ser publicados en editoriales grandes. Acá es donde Lamberti, en el 2005, sacó su primer libro Sueños de siesta. Una serie de micro relatos titulados con códigos numéricos centrados en describir una zona inhóspita de la realidad humana. Autistas que ven el futuro, niños que matan a sus mascotas, hombres encapuchados, lugares donde las cosas cambian ligeramente de lugar.

El año pasado publicó su segundo libro El asesino de chanchos por la editorial Tamarisco y fue recibido por la crítica como un libro sensacional. Acá los personajes y sus historias están más humanizados. Esa línea de extrañeza que se veía en Sueños de siesta se corrió un poco más para el lado de la empatía. Los personajes son más desarrollados y políticos y los relatos surcan con humor y fatalidad situaciones difíciles de comprender.

Así como Falco es el que alcanza lecturas a los entusiastas, Luciano Lamberti es el que les enseña a escribir. Sus largos años dando taller literario lo convirtieron en un fabricante de autores. Hay en la ciudad un gran número de jóvenes escritores que producen desde una tradición, llamemos, lambertiana.

El hombre que pinta

Es el favorito de Maxi Tomas. Se cuenta que en los inicios del suplemento cultural del Diario Perfil Tomas lo quería si o si en su redacción, pero como estaba lejos, en Córdoba, finalmente puso a Terranova como reemplazante. La humilde opinión de su servidor es que Terranova fue el mejor columnista que pasó por ese suplemento. El hombre en cuestión es Hernán Arias. También se dice que la tapa del libro de cuentos que va a sacar Tomas, que hace rato se viene postergando y esperemos que esta situación se prolongue indefinidamente, es de una pintura de este escritor cordobés radicado en Buenos Aires. Porque Arias finalmente se vino a Buenos Aires y Arias, en realidad, no escribe: pinta.

Arias, como ya se dijo antes, se acomoda bajo la tradición cordobesa propagada por Oscar del Barco y Cuqui Oviedo de una literatura académica, dura, pensante, sin dejar de ser regionalista. En su haber tiene dos libros Los invitados (Alción 2004) y La sed (Alción 2005) el primero de relatos, el segundo una novela que se desarrolla en su pueblo natal: San Francisco y narra una sucesión de hechos como escusa para describir la llanura pampeana desde la perspectiva de un niño. La prosa de Arias es una prosa muy refinada, por momentos compleja, que arrastra una literatura regionalista intelectual. Su servidor piensa que Patricio Pron y Hernán Arias son los dos herederos de esas zonas de intelectualidad que desarrolla en su obra el viejo J.J. Saer.

Así como es el niño mimado de Tomas (director del suplemento cultural del Diario Perfil) también lo es de Gazzera (con el que actualmente trabaja actualizándole el catálogo de la editorial Eduvim) y Schilling los críticos culturales que se encargaron de asignarle la posición que ocupa hoy en el codiciado panteón de los grandes jóvenes escritores cordobeses.

Actualmente Arias escribe en el suplemento cultural del diario Perfil y dirige la colección Temporal de la editorial villamariense Eduvim. Pero, cuando esta solo en su casa pinta.

El sodero

Una vez Lamberti me llevó a visitar a un escritor del que no había leído nada. Su nombre es Sergio Gaiteri. Curiosamente era muy cerca de la de casa mis padres en barrio Alberdi, quedaba cruzando el puente Santa Fe, en Providencia. Nos recibió muy amablemente y nos hizo subir al piso superior que era dónde él vivía con su mujer a la que llamaba “flaco”. En el camino vimos unos tanques de metal y preguntamos qué eran. Nos respondió que servían para hacer soda. Y ahí mismo conectó y rellenó un sifón vacío y lo subió para acompañar las pizzas que estaba cocinando. Arriba nos mostró una colección descomunal de cds y dvds grabados y después nos puso en la tv un recial completo de Franco Battiato.

Ese es Sergio Gaiteri. Así es Sergio Gaiteri. Tiene publicado hasta el momento dos libros de cuentos Los días del Padre (Del Boulevard 2006) yCertificado de Convivencia (Recovecos 2008), una novela Nivel Medio(Raíz de dos 2010) que tuvo menciones en varios concursos y una nuvelleLa moza (Eduvim 2010). Esa encantadora personalidad de Gaiteri es la que constituye su desbordante narrativa. Si Arias es el Saer cordobés, Gaiteri es el Carver. La literatura cordobesa tiene una obsesión con el minimalismo carveriano y a todos los escritores se les puede ver algo de esto. Pero ninguno recrea esa estilística como Gaiteri. Tampoco ninguno llega indagar tan profundamente en el ser cordobés y en la particularidad narrativa de sus relatos populares.

Los dos cowboys del best seller cordobés

El campo de la literatura cordobesa también da para los best sellers. Tenemos dos representantes del género.

Carlos Schilling quien fue el director del suplemento cultural del diario la voz del interior, especialista en poemas endecasílabos con los que cosechó premios en Europa y autor de novelas conceptuales (como Diana y Nadiaque empieza como termina y termina como empieza en alusión al eterno retorno y a la cinta de Moebius decontructivista) ahora, ya a una edad madura, escribe best sellers, pero best sellers cordobeses. Su novela Mujeres que no me amaron (El emporio 2007) fue un éxito en las librerías.

Pero si tenemos que hablar escritores de best sellers el personaje obligado es Jorge Cuadrado. Sus libros se venden como si hablara de exactamente los temas que los cordobeses quieren leer. Repasemos un poco su historia. Cuadrado es, desde hace más de diez años, un conductor de tv local. Pasó por varios canales y finalmente sentó bases en la banqueta del noticiero del canal 12 que es la repetidora del 13 de Capital. Después de haber ganado un premio por un cuento en Zaragoza y de participar algunas de esas antologías anuales de autores cordobeses, publica un libroRomagosa. Una historia imperfecta (El emporio 2006) y ese mismo año es elegido como el libro del año. Ya con más de cinco ediciones de éste publica uno nuevo Un país para César Ferri (Raíz de dos 2008), pero ya, conociendo como funciona el mercado editorial y el porcentaje destinado a los autores, en su propia editorial, cuyo nombre es: Raíz de dos. El año pasado en su flamante sello sacó a circulación La mona (Raiz de dos 2010) que es una biografía del cantante popular cordobés Carlitos La mona Jiménez y que desde entonces todo cordobés de pura cepa lleva bajo el brazo.

Las nuevas voces

Continuando con la dinámica del eco tardío a córdoba también llegaron las antologías de jóvenes escritores. Hay dos. Es lo que hay (Babel 2009), 10 bajistas (Eduvim 2009). De ambas antologías su servidor solo va a rescatar a dos autores que, ya tienen un libro publicado. En este caso es difícil proponer un esquema de organización estética porque, justamente, estos nuevos autores, por suerte, están planteando un nuevo campo de interacción. Pablo Natale con su libro de cuentos Un oso polar (Recovecos 2008) se convirtió en la sensación de la nueva literatura cordobesa. Cuentos adolescentes bien escritos que tocan permanentemente el tópico familiar.

Fabio Martínez, oriundo de Tartagal, residente en Córdoba, publicó el año pasado Despiértenme cuando sea de noche (Nudista 2010). Un libro noble, sincero. Martínez es un claro lambertiano. A diferencia de Natale, escribe con salvajismo, sin técnica, ni delicadeza. Pero deja en su prosa un conmovedor retrato de Alberdi, sus comercios y su subsistencia.

Hipótesis

Llegó la hora de tratar de entender por qué se da este fenómeno que desde Córdoba nacen nuevos escritores benéficos para la crítica. Y por qué la atención radica solo en Falco, Lamberti y en Busqued, teniendo en cuenta el mapeo de autores anterior.

Hipótesis uno: Empatía

Después de la aparición de Falco en la antología La Joven Guardiaalgunos escritores cordobeses, vía blog, empezaron a dialogar y discutir con la literatura porteña. De este modo fue como empezaron a aparecer algunas coincidencias a nivel estético. La explicación es simple. Escritores como Falco y Lamberti escribían pensando en Buenos Aires. A su vez se formaron leyendo a Buenos Aires, fundamentalmente la poesía de los noventa y lo publicado por la editorial Interzona. Eso los llevó a insertarse en el campo porteño, a diferencia de los demás escritores cordobeses que tienen un horizonte diferente, con diferentes espacios de discusión e interacción. El caso de Busqued y el de Arias son distintos. Busqued porque publicó en Anagrama, Arias porque es amigo de Tomas.

Hipótesis dos: el fokin realismo

La literatura cordobesa o regionalista siempre fue leída desde el realismo. Actualmente todos los escritores cordobeses escriben cuentos o novelas realistas. Hay una tradición desarrollada en esa estilística. Entonces, tanto escritores que hayan ido a talleres literarios como los que leyeron a los que escribían en su zona, ya sean contemporáneos o generacionalmente más viejos, siempre se toparon de un modo u otro con el realismo.

Este tipo de producción es escasa en Capital Federal. Entonces es natural que vean a algunos escritores mediterráneos como una novedad representativa del federalismo. El realismo siempre vuelve. Ahora ¿Por qué Falco, Lamberti, Busqued y Arias? Probablemente porque, de todos los nombrados anteriormente, sean los que escriben mejor o porque (ver hipótesis tres)

Hipótesis tres: rosca

Si, la energía que mueve al campo literario. La rosca. A excepción de Busqued que responde prácticamente, a lo que se podría llamar, un milagro. Se puede decir que los otros tres, a diferencia de toda la otra manada de escritores cordobeses, son los que tienen más “amigos” y “contactos” en Capital Federal. Esto puede ser por varios motivos: porque escriben bien, porque son piolas, porque vinieron muchas veces a Buenos Aires o porque, simplemente, como la mayoría de los autores posicionados, fueron lo suficientemente insistentes.

Hipotesis cuatro: la literatura cordobesa no existe

El periodismo es un recorte. Seguro faltan nombres. Su ausencia se debe a una toma de posición. Seguramente algunos de los nombrados son tratados mejor que otros. También responde a una toma de posición. La idea es hacer una rápida reseña histórica y una visión panorámica del fenómeno, con la idea de que: a) los que se sientan marginados cuenten su versión y b) si realmente existe la literatura cordobesa sus nuevos representantes la reconstruyan.

Publicado en Revista Crisis N4

31 mar. 2011

25 mar. 2011

Lamberti se va de gira a las sierras. Promete comer mucho y traer fotos.

13 mar. 2011

comido por las hormigas en los noveles

Una noche en el paraíso (publicado en el número de febrero de ciudad x)

Gladys Florimonte pronuncia 43 veces la palabra “culear”. 28 veces la palabra “boludo”. 4 veces la palabra “cabeza” (refiriéndose a la extremidad del miembro masculino). 12 veces la palabra “puta” (incluyendo hija/o de puta). Con la mano metida en el pantalón, simula una erección. Hace pasar a dos parejas al escenario, les enseña una coreografía de regatteon que incluye el movimiento de “culear” y luego juzga que uno de los hombres “culea” mejor que el otro. Denomina a una de las partes de la coreografía, en la que mujer simula practicarle sexo oral de rodillas a su marido, como “Wanda Nara”. Se ríe de su propia fealdad. Es arrolladora y aburrida.

La obra se llama “El Gran Show”. Gladys Florimonte es su columna vertebral.

“El Gran Show” es un nombre adecuado: el show es GRANDE, no por el número de los bailarines ni el tamaño del teatro sino por una duración de casi dos horas donde se suceden, sin solución de continuidad, los siguientes momentos: dos monólogos ligeramente sentimentales de Mateyko con la voz afectada por el aire acondicionado, una entrevista en vivo a la Mole Molli, bailes sin el menor sentido, 26 autoreferencias al mundo mediático y el Puma Rodríguez sentado en una banqueta, cantando trozos escogidos de sus hits.

Gladys Florimonte se carga la obra a la espalda a base de insultos al público y de todas las variaciones para nombrar el acto sexual. Es una veterana desencanta y cínica. Mirándola, me acuerdo de lo que me contó un ex mozo de El Gato: en su época, nadie la quería atender porque era una clienta caprichosa y nunca dejaba propina.

Esta es la peatonal de Carlos Paz. Una mezcla entre Hollywood y Miami. Una ciudad perfecta para matarse de sobredosis o filmar una película porno. Sobre los negocios del centro, se destacan los carteles de las obras de teatro. La de Artaza y Cherutti, la de Fredy Villareal, la de las hermanas Escudero. Si hubiera que dar un premio al mejor cartel, el indiscutible puesto número uno se lo llevaría el de “¿Y donde está el mafioso?” de Flor de la V: ocupa casi la mitad de una cuadra, tiene una estética pop y nos muestra en primer plano a un Emilio Disi que se sostiene con todas sus fuerzas de la vida, y a Flor -soy-una leyenda- de la V vestida como policía, como la policía que todos quisiéramos que anduviera por las calles, la policía de nuestros sueños y nuestras perversiones, para nada la policía real.

En una sala recientemente inaugurada bajo uno de los puentes de Carlos Paz hay una exposición del fotógrafo oficial del programa de Tinelli. Fotos gigantescas, técnicamente impecables y a su modo hermosas de las sucesivas ediciones del Bailando, la Mole cayendo a la pileta del aquadance, Carmen Barbieri de tanguera, Pampita llorando por el premio mayor y sigue y sigue. Son los mismos que ocupan los carteles del centro: Villareal es “el que estuvo en Tinelli”, Silvina Escudero es “la que hizo escándalo en lo de Tinelli, andaba con Matías Alé y mostró un pezón en el streep, el Comfer les puso multa y todo”, la Mole Molli es “el último que ganó el Bailando en el programa de Tinelli”.

Nadie sabe que “El Gran Show” se llama así. Se lo conoce como “la obra donde sale la Mole”. Pregunto a unos policías por el Teatro Coral y se miran como si les hablara de las costumbres sexuales de los canguros albinos. Les pregunto por “la obra donde sale la Mole”. Me responden inmediatamente, a coro: “Ah, dos cuadras para allá, de esa mano”.

La Mole es el nuevo Ricardo Fort. No tiene un Rolls Royce, no le gusta viajar en avión, pronuncia 122 veces la palabra “culeau” en su entrevista y declara que no piensa dejar bailar a “La Negra” (su mujer de toda la vida) porque es un “celoso”. Le basta un movimiento de caderas o una anécdota sobre un viaje avión y un brasilero para meterse al público en el bolsillo. Los aplausos más calurosos son para él (el segundo puesto, por razones inexplicables, se lo lleva la ex de Richie Fort, Virginia Gallardo, incluso sobre una Pamela David repentinamente seria, maternal y que, antes de desnudarse, nos revela que “no todo lo que dicen los medios es verdad”). La Mole, que casi mata a trompadas a Fort, es el Fort de la temporada.

El Rey.

Por dos meses.

La gente mira Tinelli porque tiene un concurso de baile, pero también una telenovela, un desguasadero de corazones rotos y una comedia que hubiese hecho tiritar de envidia a cualquier dramaturgo existencialista francés, y cuyo único payaso solitario y espontáneo es el mismo Tinelli. La gente lo ve, lo ama, lo odia, lo extraña, lo sigue viendo. Después se van de vacaciones y siguen viendo a Tinelli (a los inventos de Tinelli, a los Hijos de Tinelli) en las obras de teatro de Carlos Paz.

“El Gran Show” es una sucursal de Tinelli. Está ahí, como un fantasma, sobrevolando todo.

Carlos Paz es una sucursal de Tinelli. Llega enero, entonces todo el mundo piensa: ¿Porqué no nos vamos a Carlos Paz? Es lindo Carlos Paz. Tiene montañas, tiene un lago, tiene boliches, tiene un lago, tiene río cerca, tiene todo, como Tinelli.

Así que todo el mundo se va a Carlos Paz y la ciudad revienta. Un miércoles, un jueves, revienta. Al atardecer, los colectivos que paran en la costa para levantar a los que fueron al río están atestados. A la noche, familias argentinas con bronceados recientemente adquiridos pasean por el homiguero de la peatonal. Hay un montón de gente alrededor de algo: ese algo es el Flaco Pailos dándole una entrevista a Canal 12. Hay otro montón de gente alrededor de otro algo: ese algo es un negro que se hizo famoso por estar en la tribuna de Tinelli.

Si la Mole es famoso y se ocupa de contar lo lindo que es ser famoso (ahora le hacen descuentos en la carnicería), ¿por qué yo no puedo ser famoso? Y si no puedo ser famoso, salir en el Bailando y que me hagan descuentos en la carnicería, aunque sea puedo, con una entrada que va desde los 80 a los 200 pesos, mirar en carne y hueso, ahí nomás, a la farándula que todas las noches del año miro en la televisión.

Sino puedo ser famoso puedo salir atrás de un famoso en la televisión, por ejemplo.

Son las 9 y cuarto y “El Gran Show” empieza a las 10, pero ya hay una cola que llega a mitad de cuadra. Una voz masculina: “Mi mujer viene a ver a la Mole. Qué Mole, yo vengo a ver a Virginia Gallardo”. Después abren sala y subimos interminables escaleras. Las ancianas - el 90 % del público, increíble que haya tantas - ascienden con dificultad: agarradas a la baranda, de la mano de personas más jóvenes que las guían con paciencia. Entramos y al rato no hay una butaca vacía. Algunos se sacan fotos con el celular: “La Dora y yo antes de ver la obra de la Mole”. Casi no hay jóvenes. Muchas parejas. Una nena que se aburre y el padre que le dice: “Quedate quieta que en un rato va a salir la Mole”.

En el programa, Gladys Florimonte agradece a un médico y a una empresa de implantes dentales. Se anuncia a Leo Dan entre los invitados, pero esperaremos en vano su aparición. Y luego, casi al final, después de dos horas de bailecitos y de 150 variaciones de la palabra “culear”, rogaremos a Dios que a Leo Dan no se le ocurra aparecer. Las señoras y yo ya estamos cansados y con sueño. Es hora de salir del paraíso de Tinelli y volver a casa.

Se apagan las luces y el escenario se llena de humo y aparecen las estrellas que vemos todos los días en el programa de Tinelli, hablando del programa de Tinelli y aprovechando la fama del programa de Tinelli, pero en carne y hueso, ahí, a unos metros. Lo queremos todo de ellas, queremos ser ellas, queremos tocarlas, queremos comerles el cerebro. El humo cubre el escenario y entonces deja de ser un escenario, es el humo que hay en esa clase particular de paraíso donde las estrellas brillan sin término. Por una noche, por 80 a 200 pesos, todos somos parte de ese paraíso.