31 dic. 2010

22 dic. 2010

feliz navidad


Max Wright declaró que no estaba de acuerdo en lidiar con la exigencia técnica de un objeto inanimado que recibía la mayoría de los buenos diálogos. Anne Schedeen dijo: "Hubo una escena en la última noche de grabación en la que Max salió del estudio, fue a su vestidor, tomó sus cosas y desapareció; no hubo despedida. No había diversión en el estudio, era técnicamente una pesadilla, el proceso de grabación era lento y tedioso, a un show de 30 minutos le tomaba de 20 a 25 horas para grabarse." Además agregó: "Es asombroso que el show era realmente maravilloso y que nunca se supo el desastre que era grabarlo". En Junio del 2006, Max Wright se expresó más positivamente en cuanto al show: "No importa lo que sentí o cómo eran esos días, "ALF" trajo mucha diversión a la gente."

12 dic. 2010

el próximo miércoles bosques de groelandia despide el año antes de ponerse a hibernar en su cuevita. estoy invitado a tocar un organito indi. a lo mejor, quién te dice, muevo un poco la patita para marcar mi ritmo interior.

11 dic. 2010

me gusta

carta de lectores



Ñ - 4.12.2010

¿Perdidos por la letra de Bolaño?

En la crítica del libro Asesino de chanchos de Luciano Lamberti (13- 11 - 2010), Flavio Lo Presti utiliza las expresiones "escritores jóvenes" y "minimalismo cordobés" como estigmas que parecieran crucificar a los primeros. Quizás lo hace porque muchos "escritores jóvenes" de Córdoba han conseguido una cierta relevancia a partir de su prolijo y perseverante trabajo. A ellos les adjudica, sin ninguna vergüenza, y en forma genércia, estar perdidos por la influencia de Bolaño. No se nota un influjo determinante de Bolaño ni en Lamberti ni en Falco ni en Busqued (por citar sólo algunos). Quizás exista alguna influencia, pero sería lógico si consideramos a Bolaño un buen escritor. Lo que seguro no existe es una copia, tal como le atribuye Lo Presti a Lamberti. Habría que recordarle a Lo Presti que un crítico literario no tendría que incurrir en el tremendo error de adjudicarles a los autores que analiza, sus propias obsesiones. Afirma que el cuento "El asesino de chanchos", ...parece una cruza de "Sensini" y "Compañeros de celda" de Bolaño. He releído los tres cuentos, tratando de encontrar algo de razón a Lo Presti, pero no he conseguido advertir lo que afirma. La obsesión por Bolaño es propiedad exclusiva de Lo Presti. Las influencias siempre existen, pero hasta son necesarias para que un escritor adquiera su legítima voz propia. Tal parece que le molesta la trascendencia lograda por los "escritores jóvenes", que a decir verdad, como fenómeno generacional y literaio, son lo más importante que le ha pasado a Córdoba en mucho tiempo.

Oscar Bracamonte, Ciudad de Córdoba

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gracias a cuqui que me avisó y la transcribió

25 nov. 2010

19 nov. 2010

AUTOPISTA


PRESENTACIÓN

con

JAIRO Y JUAN CARLOS BAGLIETTO

Córdoba: martes 23 de noviembre a las 20.

Centro de eventos y convenciones del Dinosaurio Mall
Rosario: lunes 29 de noviembre a las 20.

Teatro Municipal de La Comedia.

Autopista: el libro es el camino

Daniel Salzano - Sebastián Riestra - Angélica Gorodischer - Cristina Loza - Marcelo Scalona - Federico Falco - Osvaldo Aguirre - Sergio Gaiteri - Rafael Ielpi - Lucio Yudicello - Reynaldo Sietecase - Luciano Lamberti - Delia Crochet - Eugenia Almeida - Cecilia Muruaga - Daila Prado - José Luis Serrano - Jorge Fandermole

Raíz de Dos logró comunicar a Córdoba y Rosario a través de la narrativa. Nueve escritores rosarinos y nueve cordobeses se rebelan contra el proyecto de siempre: que todo pase por la Capital Federal.

Hay sólo 400 kilómetros de distancia entre las ciudades pero las separa un abismo cultural. Un abismo que comienza a cerrarse con el final de una obra proyectada hace cuarenta años. Esta antología se adelanta. Reúne a los mejores y más representativos escritores cordobeses y rosarinos, muchos de los cuáles son ya reconocidos a nivel nacional e internacional, pero tienen en común que ninguno de ellos ha abandonado nunca su lugar de origen.

La rivalidad entre Rosario y Córdoba, en disputa por el cetro de segunda ciudad del país, no ha sido sólo una banalidad futbolera. Ha sido el símbolo de la incomunicación entre dos culturas que, para compararse entre ellas, necesitaron referenciarse en la Gran Capital.

Con esta antología, los mejores narradores cordobeses y rosarinos comienzan a transitar una autopista diferente. Se muestran, se desafían, se comparan, pero ubican a su gente, a sus paisajes, a sus acentos, en una ruta común, un camino en el que pueden encontrarse sin dar rodeos.

12 nov. 2010

"Parecería, en realidad, que los textos tienen siempre una palabra de menos: la que permitiría cerrar el significado político o moral de las anécdotas".

Reseña de Alejandro Rubio para Inrokuptibles.


4 nov. 2010

31 oct. 2010

30 oct. 2010

29 oct. 2010

23 oct. 2010

che, es verdad que volvió falco?

21 oct. 2010

18 oct. 2010

esta tarde

10 oct. 2010

"ahí están sus personajes, envueltos en penas sentimentales sin remedio, viviendo como parásitos de sus familias disfuncionales, saltando de un trabajo miserable a otro, tomando cerveza en largas y pesadas noches de verano, hablando hasta quedarse sin ideas, ni energías, ni anécdotas, y sabiendo que cuando el sol salga al día siguiente nada habrá cambiado"

30 sept. 2010

22 sept. 2010

La Gran Gira Lambertiana


Del jueves al domingo en el Festival de poesía de Rosario. Del lunes al domingo, en el Quinto Encuentro de escrituras de Maldonado (Uruguay!).
Adiós, adiós, adiós Señora Batata.







12 sept. 2010

6 sept. 2010

29 ago. 2010

14 ago. 2010

acá van a encontrar una excelente reseña de Pablo Natale sobre el excelente y muy divertido Apache de Soña Budassi.

12 ago. 2010

Gente de mi edad

Pablo Dema escribió generosamente sobre El asesino.

Gente de mi edad, reflexiones en torno a El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti

Editorial Tamarisco. Buenos Aires. 2010.

Lo primero que me llamó la atención de El asesino de chanchos es la parquedad de la solapa que consigna los datos del autor del libro. La primera oración de ese paratexto, como se lo suele llamar, dice: “Luciano Lamberti es escritor”. Ese enunciado tan simple y transparente tiene sin embargo un funcionamiento ambiguo. Diversos autores están de acuerdo en que en la actualidad se entiende que la identidad de un escritor no es una constante sino el resultado “de una operación vertiginosa: el paso de una actividad (escribo) a un ser (soy escritor)” (Premat, 2009, p.11). Por lo tanto, parece superfluo decir de quien firma un libro, del que lo ha escrito, que “es escritor”. Este dato que es, o que parece redundante, deja de serlo cuando se comprueba la reticencia consiguiente a “llenar el formulario” con los datos que son esperables en una solapa: edad, lugar de nacimiento y de residencia, distinciones y títulos (las “cucardas”, diría Alejandro Schmidt, reprobando irónicamente la convención de exhibir los premios obtenidos). Entonces, esa carta de presentación un tanto anómala, parca, lindante si se quiere con la grosería (“no te digo quién soy, qué te importa quién soy, soy un escritor y punto, el resto son pavadas”, parecería decir esa primera oración) se me presenta como un gesto importante porque da la idea de una cierta impronta que caracteriza la serie de los nueve relatos que componen El asesino de chanchos.

Mientras iba leyendo “El asesino de chancos”, “El arquero”, “Agua viva”, “Febrero”, tenía la impresión de que los textos dibujaban un perfil muy específico de lector a partir de distintos recursos. En principio, y de manera muy obvia, hay una serie de referencias culturales, principalmente del rock. En el relato “Una visita al Señor”, el narrador va a acompañar a su abuela a visitar al Nene, una suerte de manosanta, y allí aparece la referencia al disco “Canción animal” de Soda Stereo, que el personaje escucha en su walkman y que había salido un par de meses atrás (es decir que estamos en 1990). La canción de Patricio Rey y sus redonditos de ricota “Etiqueta negra” es un tema de conversación en “La tortuga” y R.E.M, P.J. Harvey y Radiohead son parte de la música que escucha Marcos en “El arquero”. En este cuento la tecnología deja de ser el walkman (fin de los ´80 y principios de los ´90) y pasa a ser el mp.3 (es decir el año 2004 en adelante). Es posible que para un lector que ya era adulto cuando apareció en Argentina la tecnología que permite escuchar música andando estos datos sean superfluos, pero es indudable que cualquiera que tenga hoy alrededor de treinta y cinco años puede ubicar cronológicamente los relatos a partir del dato de si se escucha música en el walkman, en el discman o en el mp.3. Y esa sola referencia genera entre el universo de estos personajes y un cierto lector una familiaridad que no pueden tener otros lectores. Es como si la sucesión de relatos fuera delimitando una situación comunicativa muy específica: alguien que en la actualidad tiene alrededor de treinta años le cuenta historias a su gente, y esas historias son a la vez como una puesta en escena y una indagación sobre las formas de vida de esa generación; diría más: los interrogantes apuntan a cierto perfil de gente de esa generación.

Hay una frase muy citada que aparece en un texto de Mallarmé. Dice (según traduce Pablo Mané Garzón): “Ellos, como un vil sobresalto de hidra que oyera otrora al ángel/ dar un sentido más puro a las palabras de la tribu…”. Los versos son del poema “La tumba de Edgar Poe” y el pasaje que se remarca es “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. Y de esa expresión se interpreta que Mallarmé le asigna ese rol a Poe y también que ésa puede llegar a ser una función que cumple un escritor con respecto a su generación. Martín Gambarotta ha expresado que ésa fue su intención en la época anterior a la escritura de Punctum. Partiendo de este caso, se me ocurren algunos textos, sobre todos poemas, que parecen reeditar esa situación comunicativa. Por ejemplo cuando Alberto Vanasco escribe en el poema: “Hurra”: “Yo, por el contrario, he visto a los mejores espíritus de/ mi generación salvarse milagrosamente de la locura…” Aquí Vanasco le habla a su generación, la del ´50, citando casi textualmente un poema de Allen Ginsberg dirigido a la generación Beat. También el poeta Luis Benítez escribe en “En el arduo aniversario de una boda”: “Nuestra generación fue un puñado de hombres solos/ una pizca de mujeres destruidas…”. Son textos en los que el autor escribe como miembro de una generación y le habla, principalmente, a su generación. Eso no quiere decir que los textos no puedan leerse más allá de esa situación comunicativa específica. La celebridad y el alcance del poema de Ginsberg desmienten por sí solos esa posición. Lo qué sí se podría afirmar es que el sentido de esos textos se define con mayor precisión reponiendo la situación comunicativa específica que las obras configuran.

Los ejemplos anteriores sirven para precisar la idea de que El asesino de chanchos delimita un receptor muy específico. El libro puede ser leído por cualquiera pero, y esta sería mi hipótesis de lectura, ante todo, o sobre todo, está dirigido a una parte de los miembros de su generación.

La cuestión ahora sería precisar qué hace del libro de Lamberti un texto de y (principalmente) para cierta gente nacida a finales de los setenta, es decir durante la dictadura y que por lo tanto vivió su infancia durante el alfonsinismo y la adolescencia durante el menemismo. Como ya mencioné, hay ciertas referencias culturales que envían hacia ese lugar. Además, sacando los relatos “Una casa llena de insectos” y “Febrero”, hay un predominio de personajes que pertenecen a la generación mencionada y, dentro de ella, a cierto tipo, cierta franja específica de individuos de esa generación. Pero lo fundamental es el hecho de que los cuentos aparezcan narrados desde la perspectiva generacional señalada. A veces los relatos están en primera persona, como en “Monocigótico”, “La tortuga” o varios de los microcuentos agrupados bajo el título “El cazador, los galgos, la liebre”, los cuales tienen como elemento unificador un personaje (la Loca Gribaudo) que abre y cierra la serie. Los que están contados por un narrador no personaje mantienen la misma perspectiva. “El arquero”, por ejemplo, comienza: “Marcos tiene treinta años y está deprimido”; aquí, si bien el narrador no es Marcos, habla como Marcos, presenta una empatía total con el mundo de la vida del personaje. Beatriz Sarlo hablaba de un “narrador sumergido” para referirse a ciertos textos de Santiago Vega (Cucurto) indicando así la falta de distancia entre el que habla y aquellos de los que habla. Me parece que en El asesino de chanchos pasa algo similar. Para que se entienda esto cito una frase de “Agua viva”: “Betty me pareció bonita, un poco machona pero culeable”. Estoy tentando a decir, siendo un poco drástico, que el libro de Lamberti está dirigido a los lectores que saben exactamente qué quiere decir “culeable” en esa oración. Lo notable es el hecho de haber tomado el riesgo de enunciar una frase cuya efectividad se basa en todo el bagaje, la experiencia, la estructura del sentir, el mundo de la vida o como se lo quiera llamar, necesariamente compartido entre autor, narrador, personaje y lector. Casi nadie puede entender lo que esa frase significa en cuanto a rasgo identitario de cierta gente de esa generación en particular. El resto de los lectores no puede asir su sentido: el extranjero que sepa castellano y lea no entenderá absolutamente nada porque ahí el diccionario falla; un español puede captar, por el contexto, el sentido sexual del adjetivo pero nada más; alguien de una generación anterior lee ahí una grosería o (si es piola) una simple marca de liberalismo sexual (y creo que se equivoca). El contemporáneo de Lamberti que no pertenece a ese cierto tipo de individuos que enuncia y a quien se dirige principalmente el libro halla en la expresión un matiz despectivo para con la mujer (y me da la impresión de que también yerra). Sólo el contemporáneo del narrador y del personaje que pertenece a su tipo sabe exactamente cuál es el matiz de la expresión “culeable” en esa frase. Y ese cierto tipo de contemporáneo del que emana y al que le habla el libro es un sujeto que siente que no sabe vivir, un inadaptado, alguien que no termina de crecer, que no cumple el rol que los adultos mayores esperan de él, alguien que no puede tomarse en serio nada, alguien desarmado emocionalmente, que no logra creer en los valores que le han predicado en las instituciones educativas, un sujeto, en suma, desencantado. No hay vocaciones definidas en el libro, no hay interés por la política (más allá de una charla de borrachos sobre Montoneros o cierta simpatía por el proceso de cambio de Bolivia), no hay una familia propia, no hay astucia para ganar dinero. Los itinerarios que dibujan las trayectorias de esas vidas no tienen una dirección precisa, no tienen sentido. Se trata de gente que se vuelve a la casa paterna pero ya no tiene su lugar, gente que se va de la casa pero recala en lugares inestables y luego planea deambular. Gente que fantasea con encontrar un lugar pero se miente, que tiene intención de recomponer su situación y la de los demás pero a partir de decisiones ingenuas, sin profundidad. Porque en el universo de El asesino de chanchos no hay creencia en lo profundo. La filosofía es un gesto pedante y hueco (la chica de “Agua viva” “hablaba de Benjamin y esas cosas”), el consejo de los padres es algo ridículo o estúpido (el padre de Marcos lo manda a un curandero cuando habla con su hijo deprimido, el padre con una familia paralela del protagonista de “Monocigótico” le dejó una carta que tenía “consejos para la vida y boludeces por el estilo”).

En general no hay pasajes reflexivos en los textos. Lamberti es una máquina de contar historias, casos protagonizados por personajes excéntricos de pueblo, escenas de la adolescencia nacidas al calor de los ritos de la amistad, anécdotas variopintas. Y es como si todas estas historias no hicieran más que reafirmar la visión desencantada del mundo, como si el autor nos dijera: ¿vieron? En este mundo vivimos. Un estúpido se lleva a la chica en la Land Rover. Aquel otro pobre infeliz intenta acercarse a unos “chicos hermosos, bronceados, sin problemas” y los otros huyen de él como de la peste. Ni las viejas que van a ver al Nene, el sanador, creen de verdad en él. Pero el narrador, ni bien el Nene lo toca, rompe a llorar, se quiebra. Una de las pocas escenas luminosas del libro, la del final de “Una casa llena de insectos” en la que el albañil salva al perro para compartir con él su miseria, no hace más que acentuar, por contraste, la oscuridad del resto de las historias.

En la lógica que dibuja el libro, la estabilidad es una caída. Dice Mara en “El asesino de chanchos”: “si seguíamos así, cogiendo todo el día y leyendo el diario en la cama, íbamos a terminar comprando un lavarropas o esa clases de cosas”. El sometimiento de la conducta a cualquier clase de normalidad y toda forma de institucionalización de la experiencia es repelida. Pero el margen, la exterioridad con respecto a toda reglamentación social, es una deriva dolorosa. Dije que había pocos pasajes reflexivos en el libro, pero hay uno que es clave: “Después pensé mucho en lo que pasó. Quería buscar algo, un orden, una moraleja, pero por más que daba vueltas no lo podía encontrar”. No hay orden ni moraleja, no hay experiencia que produzca el rédito del aprendizaje. Sin embargo, en este contexto en el que no hay sentido, en el que no hay positividad ni proyectos fuertes, aparece, como una figura paradójica porque proviene del mismo lugar, algo positivo, algo que hacer con la desorientación y la falta de sentido: no negar esa situación, exponerla y, en el mismo gesto, exponerse, escribirla y escribirse, ser por fin algo, ser un escritor, como Luciano Lamberti. En definitiva, se trataría de realizar el antiguo gesto de producir un objeto potente a partir de una impotencia; de hacer brillar la verdad a partir de la incertidumbre (como hizo Kafka), de prolongar la vida contando la historia de una autoaniquilación (como hizo Di Bendetto). Y ese mismo gesto positivo que surge del autor al transformar en fuerza creativa, en arte literario, la falta de proyectos de una generación envuelve también al lector, lo sume o entretiene o retiene en una temporalidad, la de la lectura, en la que puede verse a sí mismo en un callejón sin salida y al mismo tiempo mantenerse en un compás de espera. Puede haber un giro, un cambio, una respuesta, pero todavía no sabemos cuál es: tal vez la sabe el narrador de “Una visita al Señor” pero no la dice; la sabrá el narrador de “La tortuga”, quién recibirá una palabra de un amigo que cambiará su “vida para siempre”, pero eso será más adelante. Así, el Asesino de chanchos nos narra como a una generación desorientada en el presente y abre a la vez una expectación. Algo nos va a pasar pero todavía tenemos que descubrirlo.

11 ago. 2010

Ese extraño país

Publiqué una breve reseña de los "Cuentos reunidos" de Kjell Askildsen en Hablando del asunto. El libro de verdad parte la tierra, amigos. Si se lo compran no se van a arrepentir.

31 jul. 2010

Una gran lectura del Gran Terranova para el asesino de chanchos.

Luciano Lamberti nació en la ciudad de San Francisco en 1978. Su primera publicación, del 2005, fue Sueños de siesta, una serie de viñetas que incluyen un narrador concentrado en borrar lo que lo rodea, un vecino cuyos gestos autistas esconden la capacidad de ver el futuro, y dos hermanos que matan un perro poniéndole una bandita elástica alrededor del cuello. Carlos Gazzera les dedicó una reseña y las leyó mal. Más importante que su condena explícita y socarrona, fue la evidencia de una distancia que puede ser generacional. Las narraciones que componen Sueños de siesta son ácidas y aprovechan al máximo el formato plaqueta que proponía la editorial La Creciente, de la que Lamberti fue fundador y editor junto con Alejandra Bladovin y Alejo Carbonell. Tres años después, en el 2008, editorial Funesiana sacó los poemas deSan Francisco/Córdoba, y en el 2010, editorial Tamarisco publicó El asesino de Chanchos, un libro de relatos. La relación entre poemas y relatos es aquí nuclear. Circunscriben espacios, prácticas y escenarios que no son idénticos pero se superponen. En ambos géneros se repite la reproducción de canciones populares, ingenuas o guarangas, por ejemplo, o la elección de las profesiones –la enfermera, el carnicero, el estudiante–, pero también cierta inercia resignada, una manera de “estar en el mundo”. Es fácil notar que los cinco años que van desde la publicación de Sueños de siesta a El asesino de chanchos contienen un salto de madurez. Pero ya en Sueños de siesta se lee una idea pesimista sobre el sistema político y económico, un funcionamiento mecánico del mundo, que aparece, por ejemplo, en los títulos de los fragmentos, apenas una serie de números y letras. Como una excepción a esta serialización, organizando un estado de la cuestión, el primer texto de la plaqueta y por lo tanto el primer texto que abre la primera obra de Lamberti, se titula Reglas:

Número uno: el estado controla el crecimiento, la reproducción y el deceso de la especies.

Número dos: todo sistema es casual, diacrónico, histórico.

Número tres: no existe la percepción biológica del mundo.

Número cuatro: el tiempo y el espacio son ordenados, desde oficinas vidriadas, para su correcta y legal percepción.

Números tres: el sistema presenta fisuras

Número cuatro: sueños de siesta, se llaman esas fisuras.

Mejor definida, más sofisticada, menos adolescente, El asesino de chanchos es la ampliación de esta estructura paranoica, de esa falta de libre albedrío y de imposibilidad de una biología o una conciencia libre.

2.

Como en otros escritores de su generación, en un primer acercamiento a la forma es posible rastrear la influencia del minimalismo norteamericano en Lamberti. La gran diferencia es que El asesino de chanchos se anima a mirar y a retratar a la clase baja –centro borrado en muchas de la lecturas actuales de Raymond Carver– sin condenas morales ni arengas políticas, sin estatizaciones ni deformaciones “delirantes” –muy propias de fines de los años 90– y sobre todo sin correr por izquierda al lector ni ofrecerle refritos de miserabilismo, uno de los grandes defectos de la narrativa argentina reciente y no tan reciente.

Así, articulando El asesino de chanchos con las “reglas” de Sueños de siesta, vemos que Lamberti encuentra la discontinuidad al sistema imperante en la clase baja, trabajadora o no, que por su mera existencia cuestiona el extendido ideal burgués de bienestar y pudor. Hay algo inestimablemente peronista en los cuentos de Lamberti. El asesino de chanchos, parecería, intenta acompañar o ilustrar la pregunta retórica que se hace Abelardo Ramos en La era del peronismo cuando parodia la voz de “los figurones de la oligarquía, azorados y ensombrecidos”, de cara al movimiento de masas del 17 de octubre: “¿Pero es que los obreros no eran esos gremialistas juiciosos que Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas?”. Al mismo tiempo, lejos de silenciar las contradicciones, aristas y sentimientos, Lamberti encuentra en el oscilar entre la clase baja y la clase media el motor de su narración porque la clase baja, en la cultura aspiracional argentina, remite directamente a la fisura del “sistema casual” que opera desde “oficinas vidriadas”.

En el cuento El arquero, el momento de distorsión, la discontinuidad, la fisura, no es ya un sueño, sino apenas una frase. Todo el relato podría ser entendido, de hecho, como una reescritura o respuesta a la escena central del asado que Juan José Saer narra a lo largo de toda su obra. Según Saer, y tomando como referencia el relato Algo se aproxima, el vino “murmuraría” en las copas, al cortar la carne asada saldría “un rico jugo rojizo, algunas gotas brillantes y espesas, como gemas vivas”, y el protagonista tendría siempre a mano un amigo irónico y carismático. Finalmente, después de diálogos y citas varias –sobre todo a la cultura universal y sus diferentes traducciones locales–, el protagonista se llevaría a la mujer seducida, la fornicaría cerca de un rio nocturno y luego fumaría un cigarrillo contemplando, en compenetrado trance metafísico, el fluir de las aguas. Así, la fugacidad del momento se confundiría con el cielo y la naturaleza.

En El arquero la situación se plantea de forma diferente. Primero, existe un antes del asado. La narración comienza cuando Marcos, el protagonista es echado y ofendido por su mujer, que lo acaba de traicionar con un empleado del bar del centro de estudiantes que reparte diarios del Partido Obrero. Su condición de humillado le resulta nueva, de alguna forma lo sorprende, sin dejar de agredirlo y modificarlo. Deprimido, Marcos mira una película de Chuck Norris “hasta el final” y se siente identificado con los comandos estadounidenses que el vietcong tiene cautivos: “Soy un soldado en el pozo de un campo de concentración vietnamita. Me alimento de gusanos y mis ojos no vieron en décadas la luz del sol”. Luego, su hermano lo invita a un asado para que conozca a una amiga de su mujer. “Tenés que buscar una chica y tener un hijo. Eso te va a hacer bien” le dice. La candidata es Ana, una enfermera del hospital donde trabaja la mujer de su hermano, en un sector que atiende mujeres golpeadas.

Llega el viernes, día del encuentro, y el asado no es un lugar de distensión. Al contrario, a Marcos el asado lo tensa. Duda sobre qué ropa ponerse, da vueltas antes de tocar el timbre, es humillado una vez más por un grupo de chicos y finalmente se deja ganar por la ansiedad. El lugar del amigo irónico y carismático que presenta Saer aquí es ocupado por un antropólogo cuya amistad no envidiamos, mucho menos su charla. Se llama Cepeda y le dice a Ana: “En París conocí a Jodorowsky. Me hizo algo llamado “anoterapia”. Lectura del ano. Es muy interesante porque…”. Lamberti señala con los puntos suspensivos que lejos de terminar la conversación sigue y sigue. Así, mientras la reunión se desarrolla, Marcos va quedando aislado y eso lo pone todavía más nervioso. El narrador nos dice que en la mesa se habla del aborto, de Bolivia y de Estados Unidos, del peronismo, por último, de mujeres golpeadas. Y entonces, se abre la fisura: “Marcos piensa en Micaela, que le llevaba el café con leche a la cama, y dice que a algunas mujeres habría que reventarles la cabeza con un palo. Se produce un silencio. Marcos se acomoda en la silla y vuelca una botella de vino.”

Entre la opinión, el silencio y el movimiento que hace caer el vino se filtra la brutalidad, como otro discurso, uno primitivo, que existe por fuera del consenso progresista, de clase media profesional que se maneja en la mesa. De allí que, pasado el estupor, cada uno de los comensales reacciona reprimiendo y sancionando el exabrupto de diferentes maneras. La humillación continúa, ampliada, socializada. El primer cierre del relato lo da el antropólogo que se lleva a la chica, mientras trata con sorna y autosuficiencia a Marcos. De esta manera para Lamberti la escena del asado se presenta de una manera muy distinta a la de Saer. En el segundo cierre del relato, el protagonista termina desnudo, frente a su madre dormida que ocupa su lugar en la cama, y sin saber qué hacer, muy lejos del erotismo edípico del Angelito de Cicatrices o el plácido y alegre intercambio deAlgo se aproxima. (Un detalle. Tanto Saer en Algo se aproxima como Lamberti enEl arquero hablan de una luz “nimbada”. El primero: “(…) afirmado sobre la pared de la cocina, la luz nimbaba tenuemente el controno de su lenta cabeza”. Página 221. Juan José Saer por Juan José Saer, Ediciones Celtia, Buenos Aires, 1986. Y el segundo: “hablando en voz baja y pausada, nimbados por la luz”. Página 25. El asesino de chanchos, Editorial Tamarisco, Buenos Aires, 2010.)

3.

En El asesino de chanchos, cuando la clase baja genera una fisura más compleja y abrasiva se vuelve bizarra o freak, y entonces nos conduce al expresionismo. Expresionismo sintético, veloz, directo pero expresionismo al fin, con todos los elementos clásicos que lo constituyen. Seres torturados, colores violentos, abismos metafísicos, miseria y soledad. Desde esta opción, Lamberti dialoga con Quiroga y con Arlt. Y desde ahí reescribe escenas que no son más cercanas en el tiempo, mientras los personajes, deformes o incompletos, aparecen como vehículo y consecuencia de este diálogo. El catálogo va desde los más simples, como la loca del pueblo, la abuela paralítica, el chatarrero de seis dedos, el curandero y el alcohólico; hasta los más complejos como el jugador de futbol que se quedó sordomudo porque lo alcanzó un rayo, la mujer que dicen que tienen un insecto en el sexo mientras toman cocaína de la tapa de un inodoro o un obrero de la construcción solitario que vive en una casa llena de insectos. El olor a carne asada de un cuerpo en un incendio, el sonido incómodo de una sirena o de un arma de fuego disparada en un basurero contra una rata, incluso la mano gorda de una investigadora universitaria que corta el asalto erótico, componen un subjetivo mundo sensorial. Por eso a los personajes de Lamberti, y al mismo Lamberti, la fatalidad no los sorprende.

Luego, estos personajes viven en las series. Menos central que su gesto expresionista, las series siempre terminan apareciendo. Una breve pieza de Sueños de siesta consiste en la breve enumeración de cinco lugares. No hay personajes, apenas una ventana abierta que se ve desde una vereda, un galpón con techos de zinc, un salón con escritorios y “el teléfono sonando en el vacío”, un jardín con el pasto crecido y un patío con los restos de un asado. San Francisco/Córdobatambién contiene inventarios, catálogos, enumeraciones pero sobre todo serializaciones, que finalmente no son otra cosa que amplias formas de narrar.

Especie de novela condensada, ubicado en el centro mismo del libro, El cazador, los galgos, la liebre, quinto relato de El asesino de chanchos, también está compuesto con partes que funcionan juntas al ser serializadas. Cada parte tiene un subtítulo en negritas. En el quinto fragmento, “El claro del bosque”, un poeta cuenta en primera persona su viaje al “Tercer Encuentro nacional de Poesía, organizado por el taller literario municipal de Toro seco”. El hotel en el que lo hospedan está en obra y sobre la mesa de la recepción el poeta señala “unas figuras de cerámica que representaban una escena de caza inglesa: el cazador, con la escopeta extendida, dos galgos apuntando a una liebre acurrucada entre los árboles”. Por supuesto, el objeto y el lugar son ominosos y el poeta sueña que es la liebre corrida por los galgos y disparada por el cazador. Después, se hace una lectura y en un bar le presentan a la que es descripta alternativamente como “una artista de provincia”, “la artista perfecta, la auténtica”, “la Marta Minujín de Toro seco”, “una mujer común, con pensamientos comunes, a lo mejor más descuidada que una tía, con el pelo sucio y una cinta de mugre bajo las uñas”. ¿Por qué le dice esta mujer al poeta que sus poemas le gustan pero le parecen demasiado “pasados por la tradición”? El objeto que da nombre al relato no es un símbolo argentino, sino inglés. ¿Entabla un diálogo con la tradición literaria rural? La artista plástica le cuenta al poeta que da talleres para chicos con síndrome de down, los cuales les sirven para ejemplificar una teoría-lugar-común sobre el absoluto artístico. La teoría, que es romántica y expresionista en su absoluto, señala que los escritores escriben un solo libro, una única obra. Todo lo demás es, antes, “pruebas imperfectas” y, después “resabios”. La mujer argumenta citando al arte obsesivo japonés donde una obra puede ser trabajada “toda la vida”. Cuando el poeta le pregunta cuál es su tema, la mujer responde con una narración. Le cuenta que un día, aburrida de su vida de pueblo y de su marido alcohólico comienza una relación epistolar con un hombre que se llama Jesús. Rápidamente sus cartas se transforman en consuelo y fetiche. Jesús es el personaje más expresionista del libro. Se trata de un hombre deforme, que vive aislado al cuidado de sus padres y se cubre la cara con “una máscara de cuero lustroso, hecha con retazos cosidos entre sí, con un agujero para la nariz y uno para la boca y uno para un solo ojo”. Cuando finalmente la mujer y Jesús se encuentran, él le chupa un dedo y ella tiene un orgasmo. Luego, el remate del cuento pone esa cara que nunca vemos como motor de la inspiración absoluta de la artista de provincia. Si aceptan la deformidad y la pulsión de muerte, si se abandona la normativa burguesa de la acumulación, el encuentro y la amistad –y el placer, y la lealtad– son posibles en el universo de El asesino de chanchos. Un albañil entabla una relación de amor odio con un perro al que salva dos veces de la muerte, un fumigador se enlaza sexualmente con una chica bella y tuerta, y la artista de provincia encuentra en Jesús, el deforme primordial, su mejor y más importante lugar de inspiración.

28 jul. 2010

20 jul. 2010

El asesino ya está en tu librería amiga:

Rubén Libros y El espejo.

Próximamente, quizás, en librería del Ciclista.


Acá están las otras librerías para que puedan conseguirlo las millones de personas que lo quieren comprar en otros lugares del país y el mundo

besos a todos.

2 jul. 2010

17 jun. 2010

3 jun. 2010

11 may. 2010

5 may. 2010

3 may. 2010

20 abr. 2010

19 abr. 2010

La foto me la sacó majo arrigoni.

18 abr. 2010

Presentación

El sábado primero de mayo, día del trabajador peronista, voy a estar presentando el increíble libro de poemas "Imágenes afganas" del Gatto Emanuel Mainetti. Va a ser en la fábrica cultural, caseros 988, y Mariela Laudecina, la chica de tapa de la primer cosmolit, leerá algunos poemas con su dulce voz.

Pd: el libro sale diez pe y no hay nadie que escriba así en Córdoba. Agendarlo. Comprarlo.